
¿Quiere presumir? Tenga muchos hijos

Adquirir relojes obscenamente costosos, comprar una colección de vehículos de altísima gama, viviendas enchapadas en oro o viajar con frecuencia alrededor del mundo, ya no serían indicadores de una riqueza incalculable.
De hecho, estos lujos podrían pronto considerarse como lo que algunos llaman peyorativamente gustos de “nuevos ricos”. Ahora, los verdaderamente millonarios —los multimillonarios del planeta y los old money, es decir, familias que han acumulado riqueza y estatus por generaciones y que exhiben un lujo discreto, clásico y atemporal— vienen demostrando su muy saludable poder adquisitivo engendrando y manteniendo muchos, pero muchos hijos. En un reciente reporte de Forbes se revela que más de veinte multimillonarios, principalmente norteamericanos, han procreado siete o más hijos. Encabeza la lista Elon Musk, con 14 descendientes y la capacidad de aumentar la cifra. A esto lo llaman ahora pronatalismo millonario. Pero la gracia de esta tendencia no es simplemente tener muchos hijos, pues ya hemos visto familias numerosas viviendo en la miseria, o padres que han engendrado descendencia en cada pueblo que visitaban para luego desentenderse de ellos. No. El objetivo de esta práctica es mantener un holgado nivel de vida, lleno de lujos si se quiere, aun con veinte hijos. Por ejemplo, si antes de procrear una pareja desayunaba todos los días caviar y champaña a bordo de un yate, deberá continuar con esa costumbre —y otras aún más onerosas— aunque críe más de diez herederos. Además, los multimillonarios que simpatizan con el pronatalismo garantizan a todos sus hijos matrículas en los mejores colegios y universidades del mundo, y la más alta calidad en todo: vestuario, vivienda, vehículos, juguetes, alimentación, caprichos, viajes, etcétera. A ello se suma el ejército de niñeras y tutores particulares que asegura su pertenencia a este exclusivo club de ultrarricos. Resulta especialmente llamativo que esta propensión a procrear se imponga entre los millonarios justo cuando, en casi todo el planeta —y Colombia no es la excepción—, las tasas de natalidad caen drásticamente. Con titulares como “Cada vez nacen menos niños” miramos con desesperanza el futuro, pensando que la especie humana se encamina a desaparecer porque ya la gente no quiere tener hijos. Precisamente frente a este sombrío panorama, los multimillonarios parecen mandar un mensaje de confianza en el porvenir: traer muchos hijos al mundo es, para ellos, prueba de seguridad y poder. Y así, quizá no haya que preocuparse tanto por la extinción de la humanidad, porque quienes podrían desaparecer de la faz de la Tierra serían los pobres que ya no quieren tener descendencia, mientras una prolífica generación de millonarios se encarga de poblar el planeta disfrutando de su riqueza.