
¿Quién me mandó a meterme en estas vainas del periodismo?

En una redacción convulsionada por la pasión, un periodista reflexiona sobre su trayectoria. El Meridiano, más que un periódico, fue una escuela llena de aprendizaje y amor por el oficio.
Por Orlando Benítez Quintero El reinado popular había puesto la redacción patas arriba. La gente entraba y salía de la sede del periódico, saludaba a sus reinas, opinaba sobre el concurso, armaba el jolgorio típico de las fiestas de Montería. El gerente, don Óscar Salazar, viendo el desorden, le reclamó al vigilante. Y el hombre, con la resignación pintada en la cara, soltó la frase que quedó para la historia: ¿Quién me mandó a meterme en estas vainas del periodismo? Nos reímos ese día y seguimos repitiéndola, porque, en el fondo, esa pregunta nos la hacemos todos. Pero en mi caso, siempre tengo la respuesta clara: me metí en esto por pasión, por un legado que heredé de mi familia. Pero si me metí más en estas vainas, fue por culpa de El Meridiano. Porque aquí aprendí a enamorarme por completo de este oficio, a vivirlo con intensidad y a entender que el periodismo es más que contar historias: es una forma de ver el mundo. Porque El Meridiano no es solo un periódico, es una escuela. Y qué escuela. Allí se aprende a ser acuciosos, a no tragar entero, a contar lo que otros quieren ocultar. Tuvimos grandes maestros y compañeros que marcaron nuestras vidas: Blanca Brunal, Rafael Cervantes, Arianna Córdoba, Óscar Sánchez, Juan Carlos Hurtado, Erly Rojas, Gina Morelo, Juan Oñate, Henry Velasco y Rahomir Benítez, entre otros tantos que seguro olvido. Y de mi generación (que no es que los otros sean viejos, sino que tienen más recorrido), compartí con Iván Potes, Ivonne Bula, Fiorella García, Barney Berrocal, Lidy Martínez, María Buenaños, Shirley Núñez, Ana Paola Martínez y Luisito Rodríguez (qepd). Tanto es el gusto por estas vainas que, junto a Barney Berrocal, nos ofrecimos para hacer casi todos los turnos de mediodía —la queda—. No nos arrugamos ante ningún reto, a pesar de ser unos bisoños. Sacamos noticias hasta debajo de las piedras, acuñando la frase: “Todo lo que se mueva es noticia”, sobre todo en días aciagos, cuando encontrar una fuente en un barrio del sur se volvía complicado. Ahí estábamos, haciendo reportería mientras combinábamos el trabajo con los estudios en la universidad, la cual pude terminar de pagar porque me quedé trabajando allí semestres antes de acabar la carrera. Vaya que se disfrutaba. Entre cierres de edición, chistes en la redacción, trasnochadas beisboleras y mundialistas en Play Ball y Camerino, así como discusiones apasionadas. No voy a decir, como el vigilante, que me arrepiento de haberme metido en estas vainas. Todo lo contrario: le agradezco a El Meridiano por meterme aún más en este mundo. Y, en especial, a don William Salleg, con quien polemicé más de una vez, pero de quien aprendí muchísimo. Treinta años después, El Meridiano sigue vigente, sigue marcando la historia y sigue siendo una escuela. Solo queda decir: ¡Gracias, Meridiano! *Jefe de Programa Comunicación Social – Unisinú