
¿Qué tanto ha caído Colombia? Una advertencia desde la política y los impuestos

Crecer en un entorno donde uno ve cómo los políticos hacen promesas, suben los impuestos, agrandan el Estado y, al final, terminan ahuyentando a las empresas y a la gente productiva es una historia que muchos colombianos empiezan a conocer muy bien. Con cada nueva reforma tributaria, el país se vuelve más caro, más corrupto y más hostil para quien intenta construir o generar riqueza. La pregunta hoy, a mediados de 2026, es inevitable: ¿Hasta dónde hemos caído?
La situación ha llegado a un punto crítico en el que, para muchos, el país empieza a sentirse en ruinas. En una nueva muestra del deterioro de los estándares políticos, el debate nacional se ha llenado de figuras que, ante cualquier escándalo o conexión cuestionable, reciben el respaldo del establishment mientras se le exige pureza ideológica al ciudadano de a pie. Es la misma clase política que exige vigilancia, censura y medidas de seguridad interminables, pero que de repente descubre matices y justificaciones cuando la polémica le queda cerca. Pero el problema no es solo político. Colombia se ha convertido en un estudio de caso sobre el deterioro institucional y económico. El país ya se encuentra entre las jurisdicciones con mayor presión fiscal de la región. Colombia sigue teniendo una de las tarifas de renta corporativa más altas de América Latina, con un 35%, mientras sectores como el financiero enfrentan sobretasas que elevan su tributación efectiva hasta el 50%. A esto se suma un nuevo impuesto al patrimonio para personas jurídicas que, según Fenalco, castiga la innovación y la acumulación de capital. Las empresas, agobiadas, siguen reubicándose en otros países, mientras los inversionistas extranjeros miran con creciente preocupación. La inversión extranjera directa (IED) cerró 2025 en US4.048 millones en capital extranjero, equivalente a una reducción del 30,6% en solo dos años**. En lugar de discutir cómo mejorar la competitividad económica o por qué tanta gente y tanto capital están saliendo del país, los debates nacionales giran cada vez más en torno a pruebas de pureza ideológica y políticas identitarias. La Gran Renuncia: la fuga de talento y capital La respuesta de los agentes económicos no se ha hecho esperar: ante la asfixia tributaria, quienes pueden hacerlo están tomando sus recursos y su talento y buscando destinos más amigables. Colombia ya se posiciona entre los países con mayor salida de millonarios en el mundo. Según el Henley Private Wealth Migration Report 2025, al menos 150 millonarios colombianos abandonaron el país en el último año, lo que representa una fuga de capital cercana a los 1.000 millones de dólares. Este fenómeno no es nuevo, pero se ha acelerado en los últimos años, impulsado no solo por la presión fiscal, sino también por la incertidumbre política y la falta de garantías para la inversión. Pero la fuga no es solo de capitales. Cerca de 370.000 colombianos se fueron del país en 2025 y no regresaron. Como explica William Mejía Ochoa, coordinador de Investigaciones del Grupo de Movilidad Humana de la Universidad Tecnológica de Pereira: "Los colombianos migran desde hace más de 50 años sin importar si había una bonanza o estábamos en recesión... El colombiano no migra porque se esté muriendo de hambre. Emigra porque quiere mejorar sus ingresos". ¿Qué busca esa gente en el exterior? Simplemente, lo que ya no encuentra en Colombia: un Estado que no los ahogue con impuestos, seguridad jurídica, instituciones que funcionen y la posibilidad de que su esfuerzo tenga una recompensa justa. La otra cara de la moneda: ¿qué pasa en Córdoba? Mientras en el plano nacional el panorama es desalentador, en el ámbito local aparecen realidades contrastantes que merecen un análisis cuidadoso. Las alarmantes cifras de deterioro nacional no cuentan toda la historia. En Córdoba, las cosas parecen ir por un camino diferente. Mientras el Gobierno nacional impone nuevas cargas tributarias que terminan afectando a todo el país, a nivel regional se ven señales de recuperación. Según cifras del Dane, Montería redujo su tasa de desempleo al 10,6% en el trimestre febrero-abril de 2026, lo que representa una reducción de 0,8 puntos porcentuales frente al mismo período del año anterior. La población ocupada creció a 180.863 personas, lo que significa un aumento de 6.042 nuevos puestos de trabajo, y la informalidad laboral disminuyó 4,1 puntos porcentuales. Este avance es un reflejo de una estrategia enfocada en la atracción de inversión y la dinamización económica, lo que evidencia que, incluso en contextos adversos, el trabajo conjunto entre el sector público y privado puede generar resultados. Sin embargo, el fantasma de la crisis nacional también toca a esta región. Las constantes cargas impositivas han dificultado la creación y permanencia de empresas. "Todas las sobrecargas impositivas a la actividad económica caen de manera inesperada, dañan la perspectiva y deterioran la confianza en el empresariado", advirtió Nicolás Botero-Páramo, presidente de Confecámaras. En medio de este panorama desalentador, voces como la del candidato a la presidencia de la República cordobés Abelardo de la Espriella han insistido en que aún hay margen para enderezar el rumbo. Desde su campaña, De la Espriella ha denunciado el exceso fiscal y la falta de planificación del gobierno nacional, pero también ha llamado a no perder la esperanza en regiones como Córdoba, donde el talento local y el empuje empresarial pueden construir un camino distinto al de la decadencia que ya ahuyenta a miles de colombianos. Su mensaje es claro: con menos improvisación, más diálogo y políticas que valoren al que produce, aún es posible evitar que el país termine como Cuba, Nicaragua o Venezuela. El precio de la improvisación Los empresarios cordobeses y colombianos enfrentan no solo impuestos altos, sino también una creciente sensación de improvisación por parte del Gobierno nacional. El decreto que adelantó el recaudo de impuestos de 2026 fue calificado por la presidenta de AmCham Colombia, María Claudia Lacouture, como "una irresponsabilidad fiscal" que "exprime la caja de muchas empresas para tapar el hueco de este año, pero abriendo otro más grande para el siguiente". El exministro de Hacienda José Manuel Restrepo lo llamó "una reforma tributaria encubierta" que "exprime su liquidez [de las empresas], las obliga a endeudarse y pone en riesgo el empleo". La tristeza de todo esto es que, mientras los políticos siguen en su juego, quienes realmente pagan la factura son las familias trabajadoras que simplemente intentan sobrevivir. Están pagando los platos rotos de una dirigencia que ha perdido el rumbo, que ha elevado los impuestos a niveles insostenibles y que parece más interesada en aprobar pruebas de fuego ideológicas que en resolver los problemas reales de la gente. Colombia tiene una historia de grandes emprendedores, innovadores y empresarios que supieron construir país. Pero también tiene una larga tradición de clientelismo, corrupción y una voracidad fiscal que pocos países pueden igualar. Viendo lo que hoy pasa por liderazgo en el país, es inevitable pensar que Colombia, al igual que Nueva Jersey, se está convirtiendo en una señal de advertencia para toda la región. El talento y el capital se van a donde son valorados. La pregunta es: ¿cuánto más tendrá que caer Colombia antes de que sus dirigentes entiendan esta simple verdad?