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Opinión

¡Que no le dé pánico!

Marta Sáenz Correa
Marta Sáenz Correa
Columnista
17 de noviembre de 2025

Amigos cercanos me han comentado la preocupación generalizada entre los padres de familia de varias instituciones educativas de nuestra capital, ante la presencia de jóvenes consumidores de drogas, quienes son vecinos del barrio, hijos de sus amigos del club, compañeros de clase de sus hijos; en fin, hacen parte del círculo cercano. Esta problemática los ha tomado por sorpresa, al punto de que algunos han pensado incluso en retirar a sus muchachos del colegio y matricularlos en otro. Nunca será la mejor decisión evadir la situación. El consumo de drogas por parte de los jóvenes se presenta en Montería, Moñitos, Chinú, Sahagún, Bogotá, Medellín —a manera de ejemplo—, en cualquier lugar de Colombia y fuera de ella. Lo cierto es que no podemos salir corriendo: ¡tenemos que afrontarlo!

Con el ánimo de minimizar la angustia de mis amigos, compartí la preocupación con una amiga psicóloga con amplia experiencia en el manejo de este tema, para que me apoyara, al igual que otras psicólogas allegadas, en la presentación de algunas recomendaciones para cuando tengamos serias dudas sobre si nuestros hijos, sobrinos, nietos, familiares o amigos están consumiendo drogas. Las drogas provocan cambios en el comportamiento y daños irreversibles en la salud y en la calidad de vida de quien las consume y de las personas que lo rodean. Las adicciones a diversas sustancias se han convertido en un grave problema de salud pública por los problemas físicos, mentales y sociales que acarrean, por lo que están consideradas como enfermedades. La adicción es una conducta compulsiva: es el deseo y la necesidad incontrolable de consumir ciertas sustancias, que impiden disfrutar de cualquier otra cosa en la vida y afectan totalmente la libertad de las personas, porque lo único que el adicto desea es satisfacer una necesidad que cada vez es mayor e incontrolable, y para lograrlo es capaz de todo, incluso si va en contra de sus principios y valores. Todos los padres sentimos la necesidad de saber cuáles son las causas que impulsan a nuestros jóvenes a dicho consumo. Las razones son muchas: curiosidad física, búsqueda de nuevas emociones, deseos de pertenecer a un grupo, rebeldía ante el autoritarismo de sus docentes o de sus padres, aburrimiento, frustración, ansiedad, baja popularidad con el sexo opuesto, disfunción familiar, entre otras. La pregunta del millón es cómo saber si nuestros hijos están consumiendo o abusando de estas sustancias, cómo detectar si han entrado en el mundo de las drogas. Es una tarea nada fácil, pero existen algunos síntomas que nos pueden ayudar a saber si alguno de nuestros hijos es consumidor. Hay que estar atentos; algunos de ellos son: ojos rojos e irritados, distorsión del sentido del tiempo, disminución del rendimiento escolar, pérdida de interés en sus actividades habituales, desórdenes en la alimentación y el sueño, aislamiento, cambio repentino del estado de ánimo, deterioro de la memoria, depresión, fatiga y pérdida de vitalidad, desinterés por su apariencia y aseo personal, cambio de amistades, desobediencia de las reglas del hogar y frecuentes mentiras. Si como padres detectamos varias de estas señales, debemos indagar para saber si están provocadas por el consumo y, en caso afirmativo, buscar ayuda. ¿Qué hacer ante el descubrimiento? Reconocer el problema a tiempo es la clave para una intervención oportuna. Es posible que muchos pensemos en este momento: "Esto no nos sucederá a nosotros". No se equivoquen: ningún padre está inmune, cualquiera puede llegar a tener un hijo consumidor. Si usted tiene un familiar en estas circunstancias, el mayor error es sobreprotegerlo. No debemos minimizar la situación, buscar culpables, utilizar la culpa como chantaje, sobornar o atemorizar, ni discutir con la pareja. ¡No sienta pánico! Y no se culpe a sí mismo: lo importante ahora es mantenerse calmado, analizar lo que está pasando y buscar la ayuda necesaria para afrontarlo. El uso de drogas es un comportamiento prevenible, y la drogadicción es una enfermedad tratable. ¿Cómo evitar que nuestros hijos caigan en la tentación? Esa debe ser nuestra prioridad. Hay muchas cosas buenas por hacer: procurar un buen clima familiar, hablar francamente con ellos y manifestarles nuestros sentimientos de amor, hacerles saber lo importantes que son en nuestras vidas, escucharlos y razonar sobre los puntos de vista en los que no estemos de acuerdo, mantener siempre abierta la ventana de la confianza, demostrarles que sabemos pedir ayuda cuando la necesitamos, y proporcionarles toda la información acerca de la influencia y los efectos de las drogas. Predique con el ejemplo: si desea que sus hijos se mantengan al margen de las drogas, evite consumir cualquier sustancia que ellos puedan imitar. Procure inculcarles valores como la honestidad, el amor, la responsabilidad, el respeto y la convivencia. No olvidemos que los jóvenes desean y necesitan más de los padres de lo que los padres desean y necesitan de sus hijos. Para finalizar, creo pertinente recordarles tres cosas. La primera: una vez descubra que su hijo tiene serios problemas con las drogas, ¡pilas!, no pierda tiempo, no le dé pena y busque ayuda, porque cada día que pasa la situación se complica más. La segunda: acuda a la EPS donde está afiliado, haga valer sus derechos; lo ampara la Ley 1616 de enero de 2013, Ley de Salud Mental, cuyo objeto garantizar el ejercicio pleno del derecho a la salud mental a la población colombiana, priorizando a los niños, niñas y adolescentes. Y la tercera: no se angustie; en nuestro departamento existen actualmente instituciones prestadoras de servicios especializadas y debidamente habilitadas por la Secretaría Departamental de Salud, donde puede internar a su hijo para que sea tratado su problema de drogadicción.