
Protección infantil: Más allá del género. ¿Están a salvo solo con mujeres?

Los abusos sexuales a menores en Colombia exigen un cambio radical. Las respuestas institucionales, como la exclusión de hombres, son simplistas. Se necesita un sistema que funcione, con consecuencias y sin silencios.
Por Glenda K. Fuentes Los recientes casos de abuso sexual contra niños y niñas en Colombia no solo estremecen. Gritan. Acusan. Nos sacuden en la cara el fracaso de un sistema que sigue maquillando horrores con comunicados. Un trabajador del Icbf violó a menores de cuatro años. Un pastor violó a su hijastra de 12 años y planeaba enterrarla. ¿Y la respuesta institucional? Se mira, se reacciona tarde, y se decide que la solución es contratar solo mujeres para cuidar niños. Como si eso bastara. ¿De verdad creemos que con excluir hombres ya protegemos la infancia? Esta medida no solo es discriminatoria. Es simplista. Refuerza una narrativa peligrosa: hombres = agresores, mujeres = protectoras por naturaleza. Y no. La violencia sexual no entiende de géneros. Entiende de poder, impunidad y estructuras que no funcionan. Es una manifestación brutal de relaciones desiguales que florecen ahí donde la sociedad mira hacia otro lado con indiferencia o encubrimiento. Los datos lo dicen: sí, la mayoría de abusadores son hombres. Pero el 11% de los casos también son cometidos por mujeres, según Medicina Legal. Así que no, el género no es una garantía de nada. La única garantía es un sistema que funcione: Con filtros reales. Con evaluaciones psicológicas serias. Con vigilancia constante. Con consecuencias inmediatas cuando se falla. ¿Y qué hacemos con los otros intocables? Porque el caso del pastor también nos obliga a hablar de eso: de la confianza ciega en figuras religiosas. El título de "pastor" no es inmunidad. Tampoco lo es ser líder espiritual, profesor, médico o policía. El abuso florece en los lugares donde nadie se atreve a sospechar. ¿Cuántas veces más tendremos que leer estos horrores antes de actuar de verdad? ¿Cuántos niños y niñas más serán víctimas de nuestras respuestas improvisadas, de nuestros sistemas imperfectos? Los menores de edad merecen protección real, no parches temporales ni reacciones simbólicas que calmen nuestra conciencia colectiva mientras el problema persiste en las sombras. Entonces no. No son las mujeres por naturaleza mejores cuidadoras. No estarán más seguros solo por excluir a los hombres. Estarán seguros cuando dejemos de improvisar, cuando entendamos colectivamente que cuidar no es un acto de fe, sino una responsabilidad profesional, ética y social. Y algo más: En un país que intenta progresar hacia la equidad, ¿qué mensaje enviamos cuando declaramos que los hombres son inherentemente incapaces de cuidar? Reforzamos exactamente los estereotipos que perpetúan una visión donde el género masculino es naturalmente abusador. No se trata de exclusión. Se trata de estándares. Para todos. De entender que cuidar no es cuestión de sexo, sino de preparación y vigilancia. Porque la infancia no se protege con declaraciones. Se protege con decisiones. Con reformas estructurales. Con instituciones que funcionen y con una sociedad que no tolere más silencios. Y porque la inocencia vulnerada no se recupera. Pero la complicidad colectiva sí se puede detener.