
Prohibicionismo purificador

En el Museo Británico, la escultura de Mitra y el toro revela raíces paganas en nuestras creencias. El progresismo actual, con sus contradicciones, censura y busca controlar la vida.
Por Álvaro Bustos González Recuerdo haber visto en el Museo Británico, en Londres, una escultura que representa al dios Mitra acuchillando a un toro, cuya sangre se consideraba, en las antiguas mitologías persas, indias y romanas, el renacimiento de la luz y de la vida. Al lado del animal moribundo había un perro, una serpiente y un escorpión que busca los genitales del bovino, cuyo simbolismo no pude entender. Tiempo después, leyendo la Historia del Cristianismo, de Paul Johnson, supe que el emperador Constantino, en los años 300 después de Cristo, asumió la fe cristiana como la religión del Imperio romano, por lo que, a partir de ese momento, nuestros antepasados culturales empezaron a ser redimidos por la sangre del cordero y no por la sangre del toro, como había sido hasta ese entonces dentro de las corrientes representadas por Mitra. Traigo esto a cuento porque, a veces, se nos olvida de dónde venimos, que los orígenes de nuestras creencias y mitos, es decir, de nuestra cultura, tiene profundas raíces paganas y cristianas, que luego fueron enriquecidas con el acervo intelectual de la Edad Media, el Renacimiento y la Ilustración, hasta llegar a la era científico-tecnológica que, por ahora, preside nuestros razonamientos y emociones. A comienzos del siglo XX surgió en Estados Unidos el prohibicionismo alrededor del alcohol al que se le atribuía, con razón, la violencia familiar y el abandono infantil, una especie de dictadura legal que ha progresado con el tiempo hacia la prohibición de la lectura de significativas obras de la literatura norteamericana porque, supuestamente, ellas traen alusiones discriminatorias al sexo y al color. Esto ha llegado al punto ridículo de que si usted escribe un libro para que los lectores abran los ojos, la censura biempensante lo cancela porque eso es una ofensa contra los ciegos. En México, por ejemplo, se pide que haya corridas de toros sin sangre, pero nadie se pregunta el por qué hay que picar, banderillear y estoquear al toro en el ruedo dentro de la ceremonia ritual que esa fiesta representa, mientras todos hacen caso omiso del sufrimiento de cerdos y novillos en inhóspitos mataderos, sin anestesia, con sus vísceras al viento, sangrando sin piedad ni medida. El progresismo, que es la religión de nuestros días, es partidario del aborto provocado y de censurar ciertos alimentos. Les falta prohibir la cirugía y el parto, porque en ambos fluye el "rojo elixir de la vida".