
Presencia de la Poesía

Está en la vida cotidiana. A veces la encontramos en una valla publicitaria, sobre el edificio de la esquina; en una voz que suena en la radio del taxi; en un comercial de la tele que vemos en el restaurante. Incluso en canciones y mensajes de WhatsApp. Y, aunque ustedes no lo crean, también en las redes sociales está ella.
Borges dice que la belleza es frecuente, como la felicidad. "No es privilegio de unos cuantos nombres ilustres". Yo estoy convencido de que estamos rodeados de Poesía. Revolotea misteriosa alrededor nuestro; pero solo los poetas nos encargamos de clavar el alfiler en una hoja de papel. Eso somos: coleccionistas de mariposas. El valor de la poesía en la sociedad contemporánea brilla en dirección de la exquisita inutilidad. En un mundo hiperconectado en el que todo el tiempo se nos quiere vender algo o se nos ofrece un paraíso virtual a un click de distancia, la poesía nos recuerda que lo mejor de la vida real es que no tiene precio ni etiqueta. La lluvia, el amanecer y el trino libre de un pájaro no obedecen a las leyes del mercado. Pero la publicidad intenta mercantilizarla. La instrumentaliza por su capacidad para seducir, para conectar con el mundo interior de quien la recibe. En ese caso, su propósito no es noble sino vulgar: solo pretende vendernos humo. A propósito, y a manera de respuesta, podemos citar al poeta británico Robert Graves: "no hay dinero en la poesía: tampoco hay poesía en el dinero". Por su parte, el poema siempre ha sido un recurso de seducción para la conquista. Es usado, también, para intensificar el placer o para mitigar el dolor. En ocasiones el mundo de la política utiliza el poema para sensibilizar sobre un tema en particular y algunos padres lo utilizan en la educación emocional de sus hijos. Todas estas formas permiten que el poema adquiera una cierta relevancia en la sociedad actual. Hay que advertir que la poesía ha sido manoseada como una herramienta de poder. Y muchos de los poetas importantes han sucumbido a las veleidades de la política. Pero, con el paso del tiempo, su poesía se devela doctrinal, sin gracia, insípida. El poeta real, de verdad, nunca será un funcionario de la ideología. Eso es cosa de farsantes. Si la vida lo pone en alguna situación indeseable, sabrá ser libre, feliz. Y eso inspirará al lector a serlo, a su modo. Por una sagrada razón: ella incendia el alma. Así como la palabra del Mesías incendió la de sus discípulos y aún incendia la nuestra. Si no, es simple panfleto, ruina, propaganda.