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Opinión

Pornomiseria 2.0: cuando la pobreza se convierte en viral

Carlos Andrés Rodríguez Momth
Carlos Andrés Rodríguez Momth
Columnista
18 de enero de 2026

En Colombia, las redes sociales están repletas de videos donde distintas personalidades entregan alimentos, dinero o regalos a personas en situación de vulnerabilidad. Música emotiva, close-ups de lágrimas y narrativas de “cambio de vida” impulsan estos contenidos a millones de vistas, likes y comentarios elogiosos. Generan una emoción inmediata, como si un gesto individual bastara para aliviar una realidad profunda.

Según el DANE, en 2024 la pobreza monetaria afectó al 31,8% de la población —más de 16 millones de personas—, un problema arraigado en desigualdad histórica, informalidad laboral y efectos persistentes del conflicto armado. Aunque las cifras han mejorado ligeramente en los últimos años, la pobreza sigue siendo estructural y requiere soluciones colectivas, no actos aislados. Cuando estos permanece graban estas “ayudas” para viralizarlas, o cuando políticos de cualquier bando las publican en campaña o en ejercicio del cargo para ganar simpatía, el enfoque se desplaza. La persona vulnerable pasa a ser parte de un relato donde el protagonista es quien entrega: gana seguidores, engagement o votos. El término pornomiseria, acuñado en los años 70 por cineastas colombianos como Carlos Mayolo y Luis Ospina, denunciaba ya la explotación estética del sufrimiento. Hoy, en TikTok, Instagram, Facebook, YouTube y otras redes sociales, esa misma lógica se amplifica: el algoritmo premia la emoción rápida, convirtiendo la dignidad humana en contenido monetizable. Un paralelo ilustrativo viene de Europa: la parodia noruega Radi-Aid: Africa for Norway (2012-2014), que invertía los roles para satirizar el “poverty porn” en campañas de ONG. Africanos “ayudaban” a noruegos congelados enviando radiadores, burlándose de cómo se exotiza y simplifica la miseria ajena para recaudar fondos o generar empatía efímera. Aunque los contextos son distintos, el mecanismo coincide: priorizar la reacción del espectador sobre la complejidad y el respeto. En ambos casos —personas buscando views , likes o imagen— surge la misma reflexión: ¿qué tipo de ayuda estamos promoviendo? La que necesita cámara y viralidad para existir, o la que opera con constancia y discreción, a través de organizaciones como el Banco de Alimentos, Techo o la Cruz Roja, que distribuyen recursos sin exponer a nadie. Quizá el impacto real nace cuando apoyamos estructuras que atacan las causas profundas —políticas públicas, empleo digno, educación— o cuando tendemos la mano sin sacar el celular. Esa solidaridad no genera trends masivos ni aplausos inmediatos, pero sí construye cambios que perduran y respetan la dignidad de quienes más lo necesitan.