
Pornomiseria 2.0: cuando la pobreza se convierte en viral

En Colombia, las redes sociales están repletas de videos donde distintas personalidades entregan alimentos, dinero o regalos a personas en situación de vulnerabilidad. Música emotiva, close-ups de lágrimas y narrativas de “cambio de vida” impulsan estos contenidos a millones de vistas, likes y comentarios elogiosos. Generan una emoción inmediata, como si un gesto individual bastara para aliviar una realidad profunda.
Según el DANE, en 2024 la pobreza monetaria afectó al 31,8% de la población —más de 16 millones de personas—, un problema arraigado en desigualdad histórica, informalidad laboral y efectos persistentes del conflicto armado. Aunque las cifras han mejorado ligeramente en los últimos años, la pobreza sigue siendo estructural y requiere soluciones colectivas, no actos aislados. Cuando estos permanece graban estas “ayudas” para viralizarlas, o cuando políticos de cualquier bando las publican en campaña o en ejercicio del cargo para ganar simpatía, el enfoque se desplaza. La persona vulnerable pasa a ser parte de un relato donde el protagonista es quien entrega: gana seguidores, engagement o votos. El término pornomiseria, acuñado en los años 70 por cineastas colombianos como Carlos Mayolo y Luis Ospina, denunciaba ya la explotación estética del sufrimiento. Hoy, en TikTok, Instagram, Facebook, YouTube y otras redes sociales, esa misma lógica se amplifica: el algoritmo premia la emoción rápida, convirtiendo la dignidad humana en contenido monetizable. Un paralelo ilustrativo viene de Europa: la parodia noruega Radi-Aid: Africa for Norway (2012-2014), que invertía los roles para satirizar el “poverty porn” en campañas de ONG. Africanos “ayudaban” a noruegos congelados enviando radiadores, burlándose de cómo se exotiza y simplifica la miseria ajena para recaudar fondos o generar empatía efímera. Aunque los contextos son distintos, el mecanismo coincide: priorizar la reacción del espectador sobre la complejidad y el respeto. En ambos casos —personas buscando views , likes o imagen— surge la misma reflexión: ¿qué tipo de ayuda estamos promoviendo? La que necesita cámara y viralidad para existir, o la que opera con constancia y discreción, a través de organizaciones como el Banco de Alimentos, Techo o la Cruz Roja, que distribuyen recursos sin exponer a nadie. Quizá el impacto real nace cuando apoyamos estructuras que atacan las causas profundas —políticas públicas, empleo digno, educación— o cuando tendemos la mano sin sacar el celular. Esa solidaridad no genera trends masivos ni aplausos inmediatos, pero sí construye cambios que perduran y respetan la dignidad de quienes más lo necesitan.