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Opinión

Por encima de todos: Cumbres borrascosas

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
6 de junio de 2026

Hay cumbres que no liberan. Que no iluminan. Que no ensanchan la mirada. Hay cumbres que simplemente azotan, que reducen todo a viento y niebla, que convierten el ascenso en una forma sofisticada de caída.

América Latina conoce bien esas alturas. El poder, cuando se ejerce sin anclaje ético, sin contrapesos reales, sin la conciencia de que es un préstamo ciudadano y no una conquista personal, se vuelve tormenta para todos los que habitan un territorio. Dejando a su paso daños estructurales y parálisis que frenan el crecimiento económico y el desarrollo social. Lo vemos en la captura sistemática de organismos de control. En la contratación pública convertida en botín de unos cuantos. En la arbitrariedad disfrazada de legalidad, en la impunidad protegida por el fuero del cargo que se ostenta. En personajes que llegan con discurso de transformación y gobiernan con lógica de feudo. En la distancia abismal entre la norma constitucional y la conducta de algunos que en su momento juraron defenderla. Y lo más grave no es el abuso. Lo más grave es la normalización. Cuando la ciudadanía empieza a asumir que así funciona esto, que siempre ha sido así, que no puede ser de otra manera, la tormenta deja de ser un evento y se convierte en clima. En paisaje. En algo que simplemente está. Ahí es donde la democracia muere: no en un golpe de Estado, sino en el encogimiento de hombros colectivo y en la legitimidad de decisiones autoritarias. Los mecanismos de control ciudadano existen. La acción de tutela, el control fiscal, la acción popular, la denuncia penal, el voto. Pero las herramientas solas no bastan cuando el entorno institucional las neutraliza, cuando quien debe investigar también tiene cuentas pendientes, cuando la justicia llega tarde, fragmentada, o simplemente no llega. Las cumbres borrascosas no son el destino inevitable de ningún país. Son el resultado de decisiones políticas concretas, de omisiones sostenidas, de una cultura del poder que premia la audacia del daño y castiga la rectitud. Se construyen ladrillo a ladrillo, silencio a silencio. Y se sostienen porque hay quienes se benefician de la niebla, porque la opacidad es también un negocio, porque a veces la tormenta le conviene a alguien. Cambiar  esto no es solo cuestión de voluntad política. Es cuestión de ciudadanía activa, de prensa libre, de jueces independientes, de una sociedad que decida, colectivamente, que ya no le resulta tolerable vivir en la intemperie. Al final, las discusiones más importantes no suelen ser las que giran alrededor de lo que la ley permite, sino de aquello que una sociedad está dispuesta a normalizar. Por eso, más allá de las posturas ideológicas, conviene preguntarnos si estamos observando el fenómeno completo o solo la parte que nos resulta más cómoda al momento de elegir.