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Opinión

Pestes imperiales

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
7 de julio de 2024

La peste Antonina y la viruela: enfermedades que marcaron la historia. Un análisis desde la ficción literaria revela diagnósticos y reflexiones sobre la medicina y la incertidumbre.

Por Álvaro Bustos González Refiere el escritor Pablo Montoya, por boca del emperador Marco Aurelio, que, al regreso de sus guerras en la Mesopotamia, Lucio Vero trajo con sus tropas la peste Antonina, que mató, entre los años 165 y 180, a cinco millones de almas en la Roma imperial. Aquella enfermedad viral, descrita por Galeno de Pérgamo y conocida después como viruela, cuya variante hemorrágica suele ser ominosa, acabó con 300 millones de individuos en pleno siglo XX, una razón de más para alabar hasta el infinito a quienes hicieron posible su erradicación en 1979 a través de la vacuna. Debe recordarse que fue el doctor Edward Jenner, en el siglo XVIII, quien se percató de que quienes se ponían en contacto con las purulencias de la enfermedad se inmunizaban contra ella, una observación que verificó consigo mismo al inocularse la excrecencia y demostrar empíricamente sus efectos protectores. En el año 541 apareció fugazmente la peste Justiniana, cuyo mortífero rebrote se dio en el siglo XIV, cuando acabó con 200 millones de personas, quienes fueron víctimas de una bacteria (Yersinia pestis) que se transmite por la picadura de pulgas que cohabitan con las ratas y otros mamíferos pequeños. Esta peste negra le sirvió a Giovanni Boccaccio para escribir su famoso Decamerón, las historias que surgieron del confinamiento en Florencia, durante la epidemia, de diez jóvenes que contaban su vida interior como un paso hacia el humanismo renacentista, que dejaba atrás la sumisión del hombre a las leyes divinas. Al principio de la novela de Pablo Montoya (Marco Aurelio y los límites del imperio), el autor describe, otra vez por boca de Marco Aurelio, la muerte de su hijo Annio con el trasfondo de la peste Antonina, pero sus síntomas, caracterizados por fiebre, cefalea, perturbaciones neurosensoriales, exantemas hemorrágicos y convulsiones, bien pudieron haber sido secundarios a una meningoencefalitis y no a la viruela, en especial por su evolución fulminante hacia el colapso vascular y la muerte. Es obvio que una novela histórica no se debe asimilar a un tratado de infectología, pero sí puede servir como un motivo para plantear con los estudiantes un cúmulo de diagnósticos diferenciales que los lleven a reconocer los matices y probabilidades clínicas que, como tantas veces en el reino de la incertidumbre que es la medicina, se confunden en el fondo y en la superficie. De pronto Annio murió de una enfermedad meningocóccica. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.