Cargando indicadores...
Córdoba Logo
Imagen del artículo
Opinión

Perfiles literarios

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
4 de enero de 2026

El otro día me crucé con Néstor Solera Martínez, quien puso en mis manos un relato novelado sobre un intelectual, Jacobo Montes, que solía caminar por el centro de Montería con un maletín lleno de papeles, mientras hacía escala en diversos lugares en los cuales departía con diversos circunstantes, con quienes hacía alusión a la podredumbre nacional, sin que ninguno de ellos, aparte de quejarse de la venalidad rampante, vislumbrara una luz al final del túnel, excepto por las eventuales y vagas referencias a las quiméricas revoluciones o a la cristalización de unos sueños redentores cada vez más lejanos.

La peste de los buitres, que así se titula la obra, en cuya portada aparece El grito, la pintura del noruego Edvard Munch, quizá como una advertencia de las angustias, ansiedades y desesperanzas implícitas en el relato, en medio del cual transitan pordioseros y uno que otro pedigüeño, describe un micromundo fotográfico que va de la calle 26 con Avenida Primera, frente al río, hasta la biblioteca del Banco de la República y un poco más allá, dejando a la vera los pasos sin destino de Jacobo Montes, cuya vida estuvo una vez en peligro por las asechanzas extorsivas de un indigente armado con un puñal. Tiempo atrás el poeta, cantante y divulgador cultural Miguel Ramón Villarreal Atencio, con su habitual gentileza, me había mandado sus Versos para amar a una mujer, en los que campean cuerpos ardientes, besos cristalizados en la humedad, pájaros enigmáticos, orquídeas de agua que incendian los labios, laberintos y crepúsculos en los que florece el amor, páginas abiertas en la piel de la amada, convertida en una mirla que silba en la radiante primavera, a la que le advierte que sin su canto en el follaje la poesía de pena morirá. Y así sigue el bardo Villarreal, tocando su lira, impávido y agitado, entregado al delirio, dejándose llevar por la servidumbre de los sentimientos, pidiéndole a la amada que no lo deje morir en la soledad de su ocaso para seguir navegando por el mar de sus secretos, porque, y esto parece una confesión definitiva frente al destino: “El doloroso río del tiempo nos separa, tú en la ribera de la radiante primavera, yo al final del otoño en la otra orilla”. Vayan mis parabienes para los dos amigos escritores, cuyas obras atestiguan las admirables pulsiones de su alma. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.