
Perdonar es una decisión

Más de lo que uno se imagina, nos encontramos con personas resentidas en nuestro medio laboral, familiar y social. El observar y compartir situaciones en donde nos complicamos la vida por pequeñeces, malos entendidos, chismes, y hechos que nunca se esperaba que sucedieran, me motivó a escribir esta columna sobre el perdón. El resentimiento es una de las cargas más pesadas que una persona pueda llevar consigo, físicamente nos enferma, mental y emocionalmente nos deprime, y espiritualmente nos estanca. Es por esto que aprender a perdonar es muy importante y aunque pueda ser difícil para algunos, es posible.
El perdón es un acto de voluntad en el cual se opta por cancelar la deuda moral que la otra persona ha contraído conmigo al ofenderme, y por lo tanto lo libero. En cuanto al deudor, evidentemente no se trata de suprimir la ofensa cometida, de eliminarla y hacer como que nunca haya existido, porque carecemos de ese poder. Pero cuando perdonamos nos liberamos de la esclavitud producida por el odio y el resentimiento, porque sentir resentimiento hacia otra persona es depositar mi felicidad en sus manos, y volveré a ser libre solamente cuando tome en mis manos la responsabilidad de mi propia felicidad, y eso significa perdonar a la persona que resiento. Vivir en el pasado es matar el presente, nos perdemos el ahora cuando estamos en el ayer; el pasado ata, atrapa y mata, el presente libera, crea y da vida. Solo en el tiempo del ahora nos permitimos vivir satisfactoriamente. El pasado es un recuerdo doloroso, es el sentimiento que se convirtió en resentimiento, es la experiencia dolorosa que le llamamos culpa. El amor que se transforma en odio, la sensibilidad que se vuelve sensiblería, experiencias de dolor, miedo, culpa, insatisfacción y tristeza, son una pesada carga que a veces llevamos con nosotros, equipaje que no nos permite vivir sino sobrevivir. El perdón no interroga, no tiene preguntas del pasado, porque ese pasado ya no existe. No importa lo sucedido, porque ya sucedió, pero sí es importante lo que hagas en el presente, porque eso determinará tu futuro. Abre tu corazón al perdón, libérate de toda esa carga que te está pesando y no te deja avanzar, perdona para que seas feliz y recuperes tu paz interior. Acepta los hechos que te ocurrieron no como resignación, sino como actitud transformadora para el cambio, convierte ese odio y resentimiento en comprensión amorosa, la culpa en aprendizaje, y el miedo en coraje. Perdonar no es olvidar, es recordar sin que te duela, pero llegar a ese punto no es cosa rápida, ni fácil, pero tampoco imposible, y deshacernos de la carga emocional y del dolor que nos causan las heridas de quienes nos han decepcionado, traicionado o herido no tiene precio. El perdón es un proceso que se da paulatinamente, no de la noche a la mañana. Un perdón dado demasiado rápido no aliviará a nadie, hay que darle tiempo al tiempo. Para las psicoanalistas francesas Gabrielle Rubin y Nicole Fabre, un perdón otorgado demasiado rápido puede ser percibido por el culpable como una absolución. El perdón es un acto de coraje para algunas personas, para otras una confesión de debilidad. Cuando la situación en la que estamos parece no dejarnos otro camino que preferir la venganza, es muy difícil que lleguemos a conceder el perdón. Samuel Socquet Juglard comenta en la revista francesa Psychologies, que hay situaciones más difíciles que nos impiden pensar en el perdón de forma inmediata; a manera de ejemplo: perdonar a un padre verdugo, a un atacante, a alguien que nos ha defraudado, al conductor ebrio que se ha llevado por delante uno de nuestros seres queridos, al violador que abusó de un niño de la familia. Se trata de un viaje interior que puede ser largo y exigente, difícil de desear, emprender y recorrer. Cuando hablamos de perdón, hablamos de dejar ir el dolor, de perdonarnos a nosotros mismos y a los demás, y pedir perdón a otros por el daño que le ocasionamos. El perdón hacia nosotros mismos es esencial, nos permite liberarnos de la culpa, las expectativas y la necesidad de ser perfectos; nos ayuda a querernos más, y por lo tanto, a abrir nuestros corazones a los demás. El perdón hacia los demás nos libera de ataduras, es el sentimiento lo que nos mantiene apegados a aquellas situaciones o personas que no queremos perdonar. Estar resentidos nos lleva también a cultivar pensamientos bajos de venganza y vivir en constante agonía y desconfianza hacia el mundo, por miedo a que nos vuelvan a herir.