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Opinión

Perdiendo y ganando.

Olga Leonor Hernández Bustamante
Olga Leonor Hernández Bustamante
Columnista
19 de agosto de 2023

A veces, por amor, nos minimizamos para no herir a otros, como en juegos infantiles. Pero, ¿es sano ceder siempre, sacrificando nuestro potencial? Analizamos el impacto de esta dinámica.

Por Olga Leonor Hernández B. Si tienes hijos, nietos, sobrinos o cualquier niño cerca, has jugado a competir y dejarte ganar. Y simulamos correr con toda nuestra fuerza, dejando que el niño o la niña se adelanten y lleguen de primeros a la meta. Todos lo hemos hecho, es un acto de amor ese de dejarse ganar. Nos retrasamos y perdemos con la ganancia de ver esa enorme sonrisa en su cara por el orgullo de sentirse más fuertes que papá y mamá. Pero, he visto a adultos en sus vínculos de pareja, de familia o de trabajo, jugar el mismo juego. Minimizarse de manera intencional para evitar que el otro se sienta herido. Perder, bajo la convicción de estar siendo protagonistas de un profundo acto de amor. Dejar de lado los reales deseos y ponerlos a la sombra de alguien más con el propósito de evitar su frustración. Recuerdo un caso de una mujer brillante, a la que en el colegio las compañeras molestaban por ser siempre la que sacaba la máxima nota. Era culpa de ella que sus compañeras sacaran menos puntaje, o que los profesores mostraran preferencia hacia la que siempre participaba, entonces empezó, a propósito, a equivocarse en algunas preguntas, de este modo, si no obtenía una buena calificación, la amenaza de las burlas de sus "amigas" iban a cesar. Entonces ese, que en un inicio fue un acto con una intención positiva de renuncia para obtener la ganancia secundaria de que el otro, gracias a mi sacrificio, se sienta feliz, se convierte en un modo de ser y relacionarnos. Se nos termina olvidando cómo ganar, cómo se siente ser el protagonista, cómo es eso de tener el reconocimiento y la atención de los otros. Siempre en el fondo del escenario nos vamos convenciendo de que, estamos condenados a ser actores secundarios. Hagamos el ejercicio de, por un momento, empatizar con esta sensación: si revelo mi verdadera potencia me van a dejar de querer. El resultado, es una persona que vive una vida opaca. Que ahoga su propia autenticidad y la condena al anonimato, dejando que otros se roben el escenario. Es un acto de amor estéril, pues en ese vínculo diseñado para no fallar, nadie ha puesto a prueba su verdadera fuerza. Hay cosas que una vez se aprenden, se convierten en un modo de vida, en una forma de cons truir la propia existencia y esta de expresar amor mediante el sacrificio de mi propia fuerza, es una de las que más riesgos entraña para la propia salud, física y mental. Revelar nuestro potencial sin sentir que es una amenaza para sentirse aceptado es el reto que esta situación plantea. Renunciar a ciertas formas de amar, para que nuestra verdadera fuerza pueda echar raíces.