
Parlamentario, parlamentario II

Roberto Gerlein Echeverría, de la estirpe de los cheres, gallos rubicundos, elegantes —¡como le hubiera gustado que lo compararan con un gallo!—. Gerlein, amante incesante, incardinado de los gallos y las cuerdas, me decía que los contrincantes se rendían y se les ofrecía la paz. Era eso, insistía, o ir cordialmente enfrentados. Porque las elecciones son una riña.
El Senado es el epicentro más importante de la política nacional, el cénit de todo hombre público. No así la Presidencia. El Senado simboliza la majestad de la República misma. Llegar al recinto, como se le conoce en el Capitolio Nacional, es para hombres y mujeres que han trazado su vida al servicio de la nación. No es el punto de partida. Aunque se tengan los votos, siempre en el Senado vale más la experiencia, la mente fría y la calma, propicia para encauzar las fogosas equivocaciones de la Cámara Baja. El Senado, desde Roma, imaginado en el horizonte de expectativa del mismo Libertador que repetía “la gloria está en ser grande y ser útil”, es lo decisivo y decisorio. El constituyente del 91, y los otros también, a lo largo de lo que llamaba Valencia Villa sobre las constituciones decimonónicas —cartas de batalla, imposiciones, no consensos políticos, salvo en un instante o, mejor, en momentos estelares—, lograba en el camino de los debates serios y ponderados su mejor expresión en el Senado. Nosotros tuvimos unos senadores de racamandaca. Cómo no recordar a Miguel Escobar Méndez, quien, después de ser tres veces ministro, atendió el llamado del Senado, o al inolvidable Edmundo López Gómez, que lo presidió; al Dr. Amaury García Burgos, continuador de una estirpe de hombres públicos, por mencionar algunos. No se puede saltar la valla, no se puede pelear sin entrenar, no se puede perder el camino en atajos veredales. Porque se pierde el camino y se pierde la gloria. Ahora, puede sonar a poesía, pero si se tiene en cuenta el sistema parlamentario, la marcha democrática se profundiza y el elector recobra la confianza, porque será más importante llegar al Congreso por una sencilla razón: será necesario para gobernar.