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Opinión

Parlamentario, parlamentario I

Andrés Ramos Cabrales
Andrés Ramos Cabrales
Columnista
30 de julio de 2025

Comienza la etapa electoral y con ella la pugna democrática por ingresar al congreso. La credencial cada vez se hace más difícil y la democracia representativa sigue liderando la actividad política, que en últimas permite la búsqueda de consensos y equilibrios, en Repúblicas que aún sostienen estructuras modernas en la compresión del Estado.

Sin embargo, mientras en Italia se celebran referendos y en otros países limitan la participación ciudadana, no se pierde de vista la opción en Colombia, de allanar tímidamente el camino hacia el sistema parlamentario. En el anterior régimen constitucional del 86 había visos, por ejemplo, algunas carteras ministeriales solían depender de congresistas avezados. Contadas excepciones el ministro de gobierno no lo era. Y las más importantes embajadas, se les reservaban a congresistas con trayectoria. Se podía conjugar de alguna manera eso que llaman los administrativistas, colaboración armónica. El congresista era sujeto de derechos. Si, ejercía su profesión, su estipendio era reducido a sesiones, no tenían carro, andaban libres mientras no contrataran con el Estado o no lo tropezaran. Se ganaban la vida. El senador de la República trabajaba. Un parlamentario, pero también un ciudadano libre, sin prerrogativas. Ahora, eso no evitaba el juego clientelista, que viene de la época romana y que no se va a acabar. Es como la gripa. El presidente o mejor, el poder presidencial, se mantenía en constante consenso con el congreso, pero también con el congresista. Pasado el 48, después de la necrosis constitucional, generada por el eterno estado de sitio, que cerraba y abría el congreso a su antojo, factor que curó el frente nacional, la verdad sea dicha, permitió el despliegue del congreso, su influencia y poder. En el caso actual, los últimos hechos y acciones por mantener la independencia de poderes han sido contradictorios; mientras algunos se encuentran en el juego de "do ut des", otros tratan de blandir la espada de Damocles, desde la oposición, que entre otras cosas no parece ni aparece cuando debe. Pero si se aplicara la fórmula del "shadow cabinet", y la facultad por parte del presidente de llamar a formar gobierno con el parlamento, esto le daría un balance legítimo a la política de Estado y se lograrían los consensos para las reformas, algunas muy necesarias. Para eso y sin ánimos de tocar el papel del presidente como jefe de Estado, consideramos sano, poner sobre el tapete, la posibilidad de reformar la constitución para darle un giro político, no dogmático, e intentar reconfigurar el sistema. Eso incluye cambios en materia electoral que también serían beneficiosos para la democracia. El sistema actual es lo que llaman "tradición inventada", ha ido arrastrando una continuidad constitucional que a la postre ha sido poco discutida, pese a su capital importancia, seguramente se debe a la desconfianza en algunas instituciones, por ejemplo, en el parlamento.