
Paridad: ¿Una conquista en riesgo?

La paridad política no fue un regalo, fue una conquista. Durante siglos, las mujeres cisgénero fuimos relegadas, silenciadas en la vida pública y apartadas de las decisiones que definían nuestro destino.
Cada curul, cada lista paritaria, cada espacio que hoy ocupamos en escenarios de poder tiene detrás décadas de lucha, resistencia y persistencia. No llegamos porque nos abrieron la puerta, llegamos porque la derribamos. Esa conquista quedó plasmada en la Ley 2424 de 2024, que modificó la vieja Ley de Cuotas. Aquí se elevó al 50 % la participación mínima de mujeres en los niveles decisorios del Estado y reforzó las sanciones por incumplimiento. No es un gesto simbólico: es la materialización de lo que ya reconoce la Constitución en sus artículos 13, 40 y 43. La paridad, entonces, no es un favor ni una cifra de cortesía, es un mandato constitucional y legal que busca corregir siglos de exclusión. Por eso duele ver cómo esa conquista empieza a ser tratada como un discurso amañado, flexible y utilitario. La paridad no es un número para llenar estadísticas ni una bandera para acomodar intereses políticos. Mucho menos puede ser un concepto “fluido” que se acomode a conveniencia. La identidad de género es un tema íntimo y respetable, pero no puede imponerse sobre una realidad concreta: las mujeres cisgénero hemos tenido que enfrentar violencias, exclusiones y techos de cristal muy específicos para arrancar un lugar en la mesa de decisiones. Esa lucha histórica no puede relativizarse. La paridad no admite atajos ni reinterpretaciones: o se cumple en su esencia o se traiciona a quienes la conquistaron. Esto no significa negar la diversidad al interior del género femenino. La interseccionalidad nos recuerda que ser mujer nunca ha significado lo mismo para todas. Están las mujeres indígenas y afrodescendientes, que cargan además del machismo, el racismo y la pobreza estructural. Están las mujeres trans, que luchan por ser reconocidas en su identidad y que no las maten por ello. Están las mujeres con discapacidad, que enfrentan la doble exclusión de género y accesibilidad. Y estamos las mujeres cisgénero, que hemos peleado contra la violencia patriarcal, la desigualdad laboral, la falta de salud reproductiva. Cada una de esas luchas es distinta, pero todas tienen un enemigo común: la exclusión. Reconocer nuestras diferencias no nos divide, nos fortalece. Pero tampoco podemos permitir que esas diferencias se usen como excusa para diluir la memoria de una lucha concreta: la que permitió que hoy podamos hablar de paridad en política. Prometer igualdad y luego maniobrar con discursos que borran los límites de lo conquistado es traicionar la esencia misma de esa victoria. Lo que nos costó tanto ganar no puede ponerse en juego en un debate de conveniencia. La paridad es demasiado cara para negociarla. Y si algo nos ha enseñado la historia, es que lo que se arranca con lucha se defiende con la misma fuerza.