
Para nuestra fuerza pública: Navidad de honor y Año Nuevo de esperanza

Hay silencios que hablan más que mil discursos. Silencios que se escuchan en la madrugada fría de una trocha, en la cubierta de una patrullera que corta el río o el mar, en la cabina de una aeronave que vigila desde lo alto, en la calle solitaria donde un policía permanece alerta mientras la ciudad duerme. En esos silencios vive la verdadera dimensión del servicio. A ellos, a quienes los habitan con dignidad y valentía, va dirigida esta columna.
En esta Navidad de 2025 y a las puertas del año 2026, Colombia se recoge en familia, enciende luces, comparte el pan, el abrazo y la esperanza. Pero mientras millones de hogares celebran, hay hombres y mujeres que no conocen descanso, que no se sientan a la mesa ni escuchan el villancico completo. Son los soldados del Ejército Nacional, los marinos e infantes de marina de la Armada, los aviadores de la Fuerza Aérea Colombiana y los policías de Colombia. Son ellos quienes, con el uniforme puesto y el alma firme, cuidan de nosotros cuando más vulnerables estamos. A nuestra Fuerza Pública no siempre se le ve, pero siempre se le necesita. Está en los caminos polvorientos de la Colombia profunda, en las montañas donde el frío cala los huesos, en los ríos caudalosos que se recorren de noche, en el mar inmenso que exige temple y carácter, en el cielo desde donde se vigila y se socorre. Está allí donde la patria no tiene aplausos, pero sí riesgos; donde no hay cámaras, pero sí amenazas; donde no hay discursos, pero sí deber. La Navidad suele hablarnos de paz. Y no hay palabra más grande ni más exigente. La paz no es solo un deseo; es una construcción diaria, frágil, costosa. Y en Colombia, esa paz tiene guardianes. Guardianes que patrullan, que previenen, que enfrentan al crimen y al narcoterrorismo, aun sabiendo que el peligro es real y que el sacrificio puede ser extremo. En los últimos días, los ataques cobardes de las estructuras criminales han vuelto a golpear a la familia militar y policial, dejando luto en los cuarteles y dolor en los hogares. Cada nombre caído es una ausencia irreparable; cada uniforme que se baja con honores es una herida abierta en la Nación. Sin embargo, aun en medio del dolor, la misión continúa. Porque así lo dicta el juramento. Porque así lo exige el honor. Soldados, infantes de marina, marinos, aviadores y policías miran al cielo, recuerdan a sus compañeros caídos y siguen adelante. No por indiferencia, sino por convicción. Honrar a los caídos es no claudicar, es mantener en alto la bandera, es proteger la vida de quienes permanecen. Esta columna no pretende idealizar la guerra ni romantizar el sacrificio. Pretende, sí, reconocer. Reconocer que mientras muchos duermen, ellos vigilan; mientras muchos celebran, ellos patrullan; mientras muchos sueñan, ellos sostienen la vigilia. Reconocer que la tranquilidad de una noche en familia, el viaje seguro, el pueblo que amanece en calma, tienen detrás una guardia silenciosa que casi nunca se agradece lo suficiente. A la Fuerza Pública de los colombianos, a cada hombre y mujer que viste el uniforme con orgullo, queremos decirles: no están solos. Quizás no siempre se sienta, quizás no siempre se diga, pero en cada hogar de la patria hay una oración, un pensamiento, un deseo de protección para ustedes. Cada madre que acuesta a su hijo en paz, cada abuelo que duerme sin miedo, cada campesino que madruga confiado, es testigo silencioso de su labor. Navidad también es memoria. Memoria de quienes dieron todo por Colombia. De quienes no regresaron al hogar, de quienes dejaron una silla vacía en la mesa, de quienes viven en el recuerdo imborrable de sus familias y compañeros. A ellos, honor eterno. A sus familias, respeto y gratitud. La Nación no puede ni debe olvidar que su dolor es el precio de nuestra tranquilidad. Y Año Nuevo es esperanza. Esperanza de que 2026 sea un año de mayor respaldo institucional, de mayor respeto social, de mejores condiciones humanas y profesionales para quienes nos cuidan. Esperanza de que el país comprenda que no hay democracia sin seguridad, ni derechos sin orden, ni libertad sin quienes la defiendan. Esperanza de que la vida de cada integrante de la Fuerza Pública sea protegida y valorada como lo que es: sagrada. Que esta Navidad lleve hasta cada base, cada puesto de control, cada estación, cada nave y cada aeronave, un mensaje claro y sincero: gracias. Gracias por resistir el cansancio, el sueño, el frío y la incertidumbre. Gracias por caminar donde otros no caminan, por permanecer donde otros no pueden, por estar cuando más se les necesita. Gracias por cuidar a Colombia, incluso cuando Colombia no siempre sabe cómo agradecer. A nuestra Fuerza Pública (Ejército Nacional, Armada de Colombia, Fuerza Aérea Colombiana y Policía Nacional) les deseamos una Feliz Navidad 2025 y un próspero Año Nuevo 2026. Que Dios los proteja, que la patria los honre y que el pueblo colombiano no olvide jamás que su paz tiene nombre, rostro y uniforme.