
Para aplaudir se necesitan dos manos

Colombia enfrenta una crisis por la falta de líderes patriotas. La clase dirigente, sometida al poder presidencial, prioriza intereses propios, con un Congreso cuestionado por corrupción.
Por Bibiana Cabarca Salvo contadas excepciones, nuestro querido país, no ha contado con verdaderos padres de la patria, la clase dirigente y que debería estar a cargo de llevarnos por un camino seguro hacia el desarrollo; no se ha caracterizado por actos de grandeza y desprendimiento en favor del pueblo que vota en masa por ellos. Y hago mención de ellos, dado el oscuro camino que estamos transitando y que nos coloca al filo de caer en un despeñadero del cual será difícil de salir si seguimos por ahí. Se supone que Colombia es un país de instituciones independientes y que existen las tres ramas del poder con el fin de ejercer pesos y contrapesos de unas hacia las otras, pero, a todas luces es evidente que estamos en un sistema presidencialista en donde el primer mandatario tiene la sartén por el mango y da duro con ella. Es así como el actual mandatario, y pese a no contar con un amplio respaldo popular, ha podido hacerse al manejo de la Fiscalía, la Contraloría, próximamente a la Procuraduría y a la Corte constitucional y, por supuesto, al Congreso. Y es a esta última rama del poder, el legislativo, en cabeza de los congresistas, a donde se deben dirigir nuestras miradas críticas, ya que, sin la aprobación de estos, las nefastas reformas del actual gobierno, no hubiesen podido pasar. Y es que en cada escándalo de corrupción que se destapa, están también de protagonistas los congresistas, quienes se venden, salvo contadas excepciones como ya mencioné, por prebendas bastantes generosas sacadas de nuestros impuestos, que van a inflar sus bolsillos y el de sus familias. De todos son conocidos los nombres de senadores y representantes a la cámara que pasan al banquillo de la corte a rendir sus descargos por las acusaciones de ser parte del expolio que le están haciendo a la nación y sus recursos, rindiendo versiones vergonzantes ante los medios de comunicación y ante la perplejidad de la opinión pública que no alcanza a comprender cómo es posible que se hagan elegir con banderas de honorabilidad, cuando por debajo de la mesa negocian el destino de todo un país, tal como lo harían una banda de mafiosos. Esta casta de nuevos ricos, que hacen ostentación de sus bienes mal habidos, no siente vergüenza de mostrarse ante una sociedad que no ha sido capaz de señalarlos como lo que son, antes, por el contrario, los aplauden y buscan su cercanía con el fin de recibir algo de las migajas del expoliador. Bien es sabido que cada pueblo merece a los gobernantes que eligen. Un proverbio turco dice que para aplaudir se necesitan dos manos, y a nuestro congreso le han sobrado manos para aplaudir a rabiar al gobierno que está cambiando para mal a nuestra sufrida nación.