
Pan y circo: treinta segundos y dos insultos

La política siempre ha tenido algo de espectáculo. Lo preocupante es cuando el espectáculo termina sustituyendo a la política.
Colombia atraviesa una crisis profunda. Una crisis silenciosa. Una crisis que amenaza los cimientos mismos de nuestra democracia. No, no hablo de la inseguridad, ni de la salud, ni de la educación, ni del desempleo, ni de la corrupción. Tampoco de la infraestructura, de la productividad o de la pobreza. Hablo de algo mucho más urgente: la necesidad nacional de opinar sobre cualquier cosa antes de haber terminado de leer el titular. Y en eso, hay que decirlo, el país ha alcanzado niveles admirables de eficiencia. Lo que antes tomaba horas de análisis, hoy puede resolverse en treinta segundos y dos insultos. La nueva ciudadanía digital ya no necesita información: le basta con intuición, indignación y conexión a internet. Hoy cualquiera puede convertirse en epidemiólogo, economista, constitucionalista o estratega electoral, sin estudio alguno. Todo un triunfo de nuestra época. Con esas credenciales, cada mañana millones de colombianos despiertan con una misión patriótica: descubrir quién es el enemigo del día. Una vez identificado, proceden a defender la democracia mediante comentarios escritos sin filtros, sin matices y, preferiblemente, con insultos. Mientras tanto, ocurren hechos curiosos. Los hospitales siguen funcionando con dificultades. Los estudiantes siguen enfrentando desafíos estructurales. Muchas mujeres continúan sosteniendo labores de cuidado sin reconocimiento y sin remuneración. La inseguridad sigue limitando libertades cotidianas. Pero esos temas tienen un inconveniente enorme: requieren tiempo para profundizarlos. Y el tiempo es precisamente lo que no tenemos, porque estamos ocupados asistiendo a la función de las ocho, la de las diez, la del mediodía y la de la tarde. Unos se mantienen entretenidos mientras otros hacen de las suyas. Los romanos necesitaban construir coliseos para entretener a las masas. Nosotros logramos la misma hazaña sin tanto esfuerzo: solo con un celular. Y, a diferencia de ellos, ni siquiera tenemos que salir de casa. El coliseo viene a nosotros, y nosotros hacemos el espectáculo gratis. Esta es, sin duda, una de las expresiones más admirables del progreso humano, especialmente del tecnológico. Porque mientras estamos distraídos, se ejecutan presupuestos, se diseñan políticas públicas y se consolidan intereses que rara vez se hacen públicos. El ruido tiene una ventaja indiscutible: ocupa el espacio que debería pertenecer a las preguntas importantes. Tal vez por eso el pan y el circo siguen vivos hoy, más de dos mil años después. No porque los ciudadanos seamos ingenuos. Tampoco porque los gobernantes sean especialmente astutos. Sí, no, porque distraer suele ser más fácil que gobernar, y porque indignarse suele ser más sencillo que comprender. Al final, el verdadero éxito de este circo nunca ha sido llenar las graderías. Es lograr que nadie mire lo que ocurre fuera de ellas. Y quizá esa siga siendo la función más rentable del espectáculo: mantenernos ocupados observando la función, mientras otros escriben nuestro guion.