
Palabras que matan

Odio es lo que se oye y se lee en todos los medios, descalificaciones y señalamientos que emanan desde la cúpula del poder, por la boca del presidente y de sus más cercanos colaboradores, ya son tres años de divisiones y confrontaciones, de discursos que se han ido radicalizando conforme pasa el tiempo y, resulta que ahora, piden moderación al hablar y desescalar el lenguaje, cuando ya hay un joven político de la oposición luchando por su vida, precisamente por pensar y hablar diferente.
Odio es lo que se oye y se lee en todos los medios, descalificaciones y señalamientos que emanan desde la cúpula del poder, por la boca del presidente y de sus más cercanos colaboradores, ya son tres años de divisiones y confrontaciones, de discursos que se han ido radicalizando conforme pasa el tiempo y, resulta que ahora, piden moderación al hablar y desescalar el lenguaje, cuando ya hay un joven político de la oposición luchando por su vida, precisamente por pensar y hablar diferente. Como nunca antes la dignidad presidencial ha caído tan bajo, antes de este mandatario las alocuciones presidenciales tenían como objetivo informar a la ciudadanía sobre casos puntuales y de interés general, con palabras sobrias; ahora, son una sarta de improperios y de insultos dirigidos a quienes no hacen lo que el presidente quiere, y ni qué decir de los discursos incendiarios en las plazas públicas, denigrando del contrario, desdibujando lo que una figura presidencial debe representar y ser. Muñecas de la mafia, les espetó a las periodistas; HPs a los congresistas, banderas del M-19 y de guerra a muerte en los mítines, con todo el significado de sangre que conlleva cada una de ellas. Discursos incoherentes y deshilvanados que no dan un parte de tranquilidad a la ciudadanía, sino que dejan desazón y la impresión de estar al garete y en manos de una persona que no sabe lo que quiere. En estas horas de incertidumbre por las que pasa Colombia, se requeriría de un líder fuerte y conciliador, que llame a la cordura y que inspire confianza y respeto, un líder que escuche a las mayorías y no solo a sus áulicos; pero tal parece que, el presidente solo se escucha a sí mismo y a sus ensoñaciones salidas de un mundo fantástico al que solamente entre él, y del que se están beneficiando quienes han sabido pescar siempre en río revuelto. Colombia no necesita palabras, necesita actos de buen gobierno que nos vuelvan a conducir por las sendas del progreso y la reconciliación, de qué sirve pedir desescalar el lenguaje violento, si con las acciones se destroza el discurso. "El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca". Lucas 6. 43-49.