
Otra promesa al viento: el Catatumbo como "capital nacional de la paz"

El presidente propone convertir el Catatumbo en "Capital Nacional de la Paz". Sin embargo, la región, azotada por la violencia, cuestiona la viabilidad de esta iniciativa.
Por Silverio José Herrera Caraballo El presidente ha lanzado una propuesta que ha resonado entre la sorpresa y la desesperanza de quienes lo escuchaban buscan una solución al problema de la violencia en sus territorios, se escucharon aplausos: convertir el Catatumbo en la "Capital Nacional de la Paz". Un gesto simbólico que, sobre el papel y en el discurso público, parece admirable. Sin embargo, ¿cómo encaja esta declaración en la cruda realidad que vive la región? El Catatumbo no es un territorio cualquiera. Ha sido durante los últimos años una de las zonas más violentas del país, hoy por hoy, el epicentro de una guerra silenciosa y sangrienta donde convergen las disidencias de las Farc, el ELN y el Clan del Golfo. Tres grupos armados luchando por el control de las rutas del narcotráfico, dejando a su paso muerte, desplazamiento y desesperanza. La realidad de esta región es un retrato doloroso de cómo la violencia y el abandono estatal se alimentan mutuamente. Los antecedentes de violencia en esta zona son estremecedores. Hace apenas unos días, la masacre de una familia que trabajaba en una funeraria conmocionó al país. No se trata de un hecho aislado: el balance de muertos, tanto civiles como militares, sigue aumentando a un ritmo alarmante. Desde que comenzó el año, el Catatumbo ha sido escenario de enfrentamientos constantes entre los grupos armados, mientras la población civil queda atrapada en medio del fuego cruzado. Según informes recientes, la región acumula decenas de asesinatos este año, y las cifras de desplazados no dejan de crecer. En este contexto, la actitud del gobierno hacia el ELN ha sido, por decir lo menos, permisiva. Este año, el Ejecutivo otorgó al grupo armado ceses al fuego y oportunidades que aquellos no desaprovecharon para rearmarse y expandir su control territorial. Incluso se habla de contratos asignados en Arauca que, lejos de fomentar la paz, fortalecieron su estructura. Mientras tanto, la producción de cultivos ilícitos se ha disparado, consolidando aún más las economías ilegales que sostienen a los grupos armados. El resultado de estas políticas ha sido un aumento de la violencia. La ingenuidad o la complicidad con la que se ha manejado este proceso son alarmantes. Concesiones, diálogos sin garantías claras y un enfoque que parece desconocer la realidad del conflicto solo han llevado a más muertos y a una mayor incertidumbre para las comunidades afectadas. ¿Cuándo entenderá el mandatario que no es complaciendo a los criminales como se logra la paz? Prometer que el Catatumbo será la capital de la paz sin un plan concreto, sin medidas que ataquen de raíz las causas del conflicto, suena a un discurso vacío. Un anuncio que genera titulares, pero no soluciones. El aplauso del momento no debe confundirse con respaldo real; es más bien una muestra de la esperanza desesperada de un pueblo que anhela cambios tangibles urgentes. Señor presidente, si de verdad cree en lo que ha propuesto, no basta con lanzar palabras al aire. Mañana mismo traslade su gabinete completo al Catatumbo. Haga de esta región su prioridad. Que las palabras se traduzcan en hechos: en presencia estatal, en desarrollo económico, en programas sociales, en desmantelamiento de las economías ilegales y, sobre todo, en seguridad. El país está cansado de los anuncios grandilocuentes que nunca llegan a puerto. No puede seguir sumando promesas incumplidas al legado de un gobierno que prometió ser el del cambio. Decir que el Catatumbo será la capital de la paz mientras sus habitantes sobreviven entre balas y olvido no solo es iluso, es también irresponsable. Señor presidente, no siga engañando al pueblo. Si realmente cree en el poder de sus palabras, demuéstrelo con acción. Porque en el Catatumbo, más que discursos, lo que se necesita es paz real.