
Oro, incienso y mirra

Cuando yo era niño, Papa Leo me mostró el Cielo. Una noche de diciembre me contó historias de otro mundo y me enseñó a identificar los Tres Reyes Magos.
El número tres es muy importante para nuestra civilización cristiana. Tres son los rostros de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres son los miembros de la Sagrada Familia: San José, la Virgen María y Nuestro Señor Jesucristo. Tres son los regalos de los Reyes Magos a Dios hecho Hombre. “Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (San Mateo 2, 10-11). Según la tradición, Melchor le obsequió Oro a Jesús Rey, Gaspar le llevó Incienso a Jesús Dios, Baltasar le entregó Mirra a Jesús Hombre. El Oro está asociado a la riqueza económica y al poder político, pero Jesús renueva todas las cosas. Su Reino no es de este mundo. Él prefiere la pobreza, la humildad. No sirve al dinero, no tiene propiedades, no acumula. Su Poder no es político. Jesús no busca votos, no es un falso profeta. Su Realeza es sinónimo de Servicio. Su Poder es Real: cura a los enfermos, expulsa los demonios, resucita a los muertos. El Incienso se usa en las ceremonias religiosas. Su olor nos recuerda que todos somos Hijos de Dios, que somos hermanos y nuestra verdadero Reino es el Cielo. La Mirra es una sustancia que se usa en los rituales funerarios y nos enseña que todos somos pasajeros, que este mundo es temporal y que solo la Eternidad es Real. Dios habita en nosotros desde el momento de nuestra sagrada concepción. Necesitamos nueve meses para aprender a vivir en el mundo y para saber que no estamos solos. Al nacer, vemos la luz y respiramos el amor de nuestra familia. Gracias a nuestros padres y padrinos, con el Bautismo renunciamos al príncipe de este mundo, rechazamos sus tentaciones y poderes temporales, hechizos. El primer sacramento, regalo de Dios Padre, nos llama a ser Sacerdotes, Profetas y Reyes. Sacerdotes para proclamar su Palabra. Profetas para anunciar su Reino. Reyes para servirle a su Pueblo. El Pueblo de Dios es toda la Familia Humana. Sin excepción. Incluso los que se asumen como enemigos suyos y de nosotros, sus servidores. Esta es la identidad de la Iglesia Católica, la Iglesia de Cristo, presente en toda la Tierra. Los que nos reconocemos Hijos de Dios debemos ser capaces de Amarlo a Él, presente en nosotros mismos y en nuestro prójimo. Así sea.