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Opinión

Ojos que ven, mentes que aprenden

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
3 de enero de 2026

Crecemos mirando y copiando. Por eso, cuando las niñas no ven mujeres liderando, aprenden sin que nadie lo diga que ese lugar no es para ellas.

Recuerdo con gran claridad aquella clase de ciencias naturales, años atrás, cuando mi maestra decía: “El ser humano nace, se reproduce y muere”. No sabía entonces si debía entenderlo de manera literal o si había en ello algo de metáfora. Con el tiempo comprendí que faltaba algo esencial: antes de todo eso, el ser humano imita. Antes que cualquier definición académica, aprendemos observando. Reproducimos conductas y, con ellas, los errores de otros; especialmente los de esos adultos llamados a cuidar y formar. Desde la manera en que nos relacionamos hasta la forma en que vemos el mundo está atravesada por nuestro entorno. Crecemos, además, dentro de una construcción social permeada por estereotipos, incluidos los de género. En esa estructura, el liderazgo se asocia con facilidad a lo masculino y, todavía hoy, muchas mujeres sienten que deben “demostrar” que sí pueden. Ese es el punto crítico: el trabajo de romper el sesgo no puede descansar en las mujeres probando lo que debería ser obvio. Es como iniciar una relación teniendo que demostrar fidelidad para que exista confianza: algo está mal planteado desde el origen. Las cifras lo confirman. En las elecciones de Congreso de 2022, de 108 senadores, solo 31 fueron mujeres. En la Cámara de Representantes, 48 lograron curules. En Córdoba, de cinco representantes a la Cámara, únicamente dos son mujeres. Y en Montería, entre 13 diputados y 19 concejales, apenas hay una mujer en cada corporación. Esto evidencia dos cosas: primero, que Colombia sigue siendo epicentro del machismo; y segundo, que transformarlo es responsabilidad de toda la sociedad. Ojos que no ven, mentes que no aprenden. Cuando las niñas no ven mujeres liderando, crecen creyendo que esos espacios no son para ellas. El círculo es claro: sin referentes no hay imitación; sin imitación no hay normalización; sin normalización, permanecen las etiquetas. Y esto tiene consecuencias políticas directas. Al momento de elegir, hombres y mujeres votan, opinan y participan cargando imágenes aprendidas desde la infancia: quién “se ve” en el poder y quién no. Así, se repite lo mismo una y otra vez, incluso sin advertirlo. Romper ese ciclo no es solo una cuestión de estadísticas ni de paridad numérica. Es una tarea educativa y cultural profunda. Las acciones afirmativas, como la Ley 581 de 2000 conocida como Ley de Cuotas han sido necesarias, pero no suficientes. El verdadero cambio se gesta en la escuela, en la casa, en los discursos cotidianos y en los modelos que mostramos a quienes hoy están creciendo. Conviene recordarlo: muchas de las grandes transformaciones históricas han sido impulsadas por mujeres. No solo porque somos capaces, sino porque encendemos una chispa en nuestro entorno. Donde una mujer lidera, se mueve la comunidad, se cuidan las personas y se genera bienestar social. Que los ojos aprendan a ver y las mentes a creer. Que cada niña crezca sabiendo que el liderazgo también tiene voz de mujer.