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Opinión

Oda al sancocho de gallina

José Armando Benítez Tuirán
José Armando Benítez Tuirán
Columnista
21 de agosto de 2025

En España, la mayoría de las gallinas, cuando cumplen el ciclo de producción de huevos, se sacrifican y se utilizan para hacer caldo. Eso implica que, una vez cocinadas, las presas son desechadas. Incluso hay pequeños productores que las matan y las tiran a los vertederos sin sacarles provecho alguno.

Hace unas pocas semanas, tres amigos compraron unas gallinas ponedoras muy baratas, a menos de $10.000 colombianos. Después de matarlas y arreglarlas, las congelaron esperando el fin de semana adecuado para cocinarlas. De cada uno de esos tres sancochos preparados con esas gallinas —que se cocinaron en distintas casas, con diferentes familias y amigos, y en diferentes pueblos catalanes— he escuchado tres grandes historias relacionadas con el cariño, la amistad, la familiaridad y las ganas de seguir arraigados y orgullosos de las costumbres colombianas, a pesar de la distancia que nos separa de nuestra patria. Un sancocho de gallina dejó de ser una simple comida y se convirtió, para quienes estamos fuera, en un tiempo y un lugar para coincidir, compartir y rememorar recuerdos. El olor característico de esta delicia de la cocina costeña es un detonante certero para revivir tiempos idos, para volver, a través de los sabores tradicionales, a algún pueblo sabanero, para nombrar a personas que por la distancia habíamos olvidado, para devolvernos a esa vida corroncha tan especial, tan mágica y que tanta falta le hace a quien abandona su tierra. En este mundo tan moderno, lleno de facilidades para cocinar y con tantos productos elaborados que solo tienes que calentar y servir, rituales como matar, preparar y cocinar una gallina te devuelven al pasado. Un pasado que, aunque no fue perfecto, está plagado de buenos momentos y, sobre todo, de buenas compañías, pues no hay mejor tiempo en el mundo que aquel ayer en el que estábamos todos juntos. Soasar una gallina evoca bonitos recuerdos de patios frescos, de fogones de leña que juntan brazas y cariños lejanos, de humos que se dispersan como los pensamientos que van y vienen trayéndonos una sonrisa o provocándonos una lágrima de amor. El olor del sancocho de gallina parece mágico, porque no solo gusta, también junta almas amigas. Compartir en la mesa ese plato humeante nos hace un poco más felices. Y los que estamos lejos, cada vez que nos llevamos a la boca una cucharada de sancocho, nos acercamos un poco más a nuestra tierra.