
Obsesión con la eterna juventud

El mercado de la juventud comercializa una ilusión costosa: congelar el tiempo en las facciones. Con desespero se busca eliminar las huellas del camino, persiguiendo un reflejo liso, plano, carente de memoria. Esconder las arrugas cual faltas graves; emerge una sutil soberbia por los años vividos. La vajilla fina de la herencia se rompe cuando el rostro niega sus pliegues naturales.
La piel homogénea se ha convertido en el uniforme obligatorio de la fama social. Quien exhibe los surcos de su frente sobrelleva el recelo ajeno. Lástima colectiva. Cada línea refiere una batalla ganada, una pérdida superada, una tarde de risas compartidas. Preferible: el rostro impávido de las estatuas, facciones mudas que silencian secretos. Al estirar el párpado, censuramos la enseñanza, amputamos la madurez. Convirtiendo la piel en un desierto donde la arena jamás logra asentarse, anulamos la identidad. Los templos del saber empírico lucen vacíos. Las canas, antaño hilos de plata venerados por su peso conceptual, hoy se tiñen con premura. Vence la fachada sobre el cimiento. Un edificio vistoso privado de vigas internas colapsa ante el primer vendaval serio de la existencia. Envejecer debería ser una metamorfosis sagrada, el cuerpo transformándose en madera noble, raíces profundas encargadas de sostener el techo invisible de los hogares. El pavor a la decadencia biológica hace predecibles, manipulables. Se ingieren elíxires químicos prometiendo una primavera duradera y artificial. El invierno vital goza de su propia belleza magnífica. Hay una luz al atardecer capaz de alumbrar zonas sombrías que la intensa luminosidad juvenil nunca logra descifrar. Vivir en un eterno mediodía arruina el paisaje, marchita la tierra profunda del alma. Renunciar al derecho de envejecer implica rechazar la arquitectura misma del espíritu. Las sociedades maduras cultivan a sus viejos. Las civilizaciones infantiles los confinan al olvido mediático. Necesitamos salvar la dignidad de la erosión natural, comprender la finitud humana en ese pincel definitivo que da valor al lienzo. Modificar el contorno de los ojos para fingir asombro perpetuo elimina la verdadera idoneidad de la sorpresa. La industria cosmética factura billones vendiendo insatisfacción, un peaje financiero que aliena el espejo. Se proyecta la vejez cual anomalía corregible, un fallo de fábrica. Negar el descenso de la carne elimina el relato humano. Se pagan fortunas para convertirse en figuras de cera. El comprador de la ambrosía descubre demasiado tarde que su reflejo liso ya no proyecta sombra alguna, enredado por siempre en un limbo sin pasado ni porvenir.