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Opinión

Observatorio: muchas elecciones y poco entusiasmo

Rafael Hernández Mestra
Rafael Hernández Mestra
Columnista
5 de mayo de 2026

A pocos días de llevarse a cabo la primera vuelta de las elecciones presidenciales y en un ambiente tan caldeado y tan polarizado y con tantas amenazas que a veces producen miedo, es momento de hacer algunas reflexiones históricas sobre las elecciones en Colombia.

A diferencia de Estados Unidos, donde se rigen con precisión numérica el orden de sucesión presidencial, no es común en Colombia hacer esas cuentas. Habría que comenzar hacerlas de manera más sistemática: desde la disolución de la Gran Colombia en 1830 hasta nuestros días, los colombianos se han acercado a las urnas infinidades de veces para elegir Presidente de la Republica. La intensidad de este calendario electoral debería llamar tanta atención como su regularidad (por lo general, los colombianos han elegido presidentes cada cuatro años entre 1832 y 1863, entonces cada dos años hasta 1886, a partir de allí cada seis años hasta 1910, desde cuando lo hicieron otra vez cada cuatro años). Este calendario ha tenido algunas interrupciones, pero han sido más bien excepcionales y, en todo caso, breves. Durante el siglo XIX, sobre todo durante el periodo Radical (1863-1886), los días de votación variaban de estado en estado: el país parecía vivir en permanente campaña electoral. A las fechas ya anotadas, habría que sumarles los de las elecciones para Congreso, asambleas departamentales, consejos municipales y más recientemente de gobernadores y alcaldes que históricamente ha tenido lugar en calendarios disimiles.   Desde 1991, escasamente pasa un año sin que los electores se acerquen a las urnas. Por razones diversas, como la anulación de la elección por inhabilidad, por doble militancia, etc, las elecciones de alcaldes por fuera de la agenda regular se han vuelto además tan frecuentes como desconocidas, más allá de las fronteras de los municipios donde se llevan a cabo. Estamos, pues, frente una historia casi bicentenaria, durante la cual los colombianos desarrollaron lo que bien podría llamarse una cultura electoral (es decir, una serie de prácticas alrededor del ejercicio del voto con el fin de formar gobiernos). En todo caso, la política se ha degenerado tanto que está poniendo en peligro la democracia que se ha forjado por muchas décadas y la prueba está en el asesinato de un candidato presidencial y las amenazas que se ciernen sobre los que están aspirando en este momento.