
Oasis

Antiguas creencias y temores religiosos persisten. El texto explora la necesidad de cuestionar el culto a un dios que no juzga. También analiza el poder de los hábitos.
Por Gonzalo Gallo González En tiempos remotos un rayo o una tormenta eran castigos de los dioses airados. Entonces, para calmarlos, la religión decía que había que hacer sacrificios matando animales. A cada dios que infundía temor había que rendirle culto o venía, él juzgaba y castigaba. Todo eso tan primitivo aún perdura y aún se enseña el temor a Dios y que hay que rendirle culto. Al humano le cuesta mucho liberarse, cambiar creencias y ver todo con nuevos ojos. Si lo piensas bien, Dios no necesita ningún culto, es amor puro y no juzga ni castiga. Claro que esto que te digo es para muchos una ofensa o una herejía. Eres libre para pensar como quieras. Es tu fe y, si quieres reflexionas, o sigues igual que hace siglos. Este puede ser un nuevo refrán: "Dime cuáles son tus hábitos, y yo te diré quién eres". Un hábito se crea con la práctica y, de tanto repetir, los actos se convierten en una actitud. Los actos son pasajeros, pero cuando los repites, entonces surge un hábito que es permanente. Fumar unos pocos cigarrillos es un riesgo de que, con el tiempo, tengas el mal hábito de fumar sin parar. Hacer ejercicio ocasional no sirve de mucho, lo bueno es tener el buen hábito de ejercitarte con regularidad. Amarte es erradicar los hábitos dañinos, y cultivar los hábitos que te ennoblecen. Las palabras claves para lograrlo mejor son disciplina, dedicación, práctica, persistencia y entrenamiento. La sabia elección es amarte, valorarte, y cuidarte.