
¡O nos unimos o nos jodemos!

El panorama político colombiano comienza a configurarse con fuerza de cara a las elecciones presidenciales de 2026. Mientras el petrismo intenta sobrevivir al desgaste de un gobierno que ha confundido el liderazgo con la confrontación y la gestión con la improvisación, la derecha y el centro-derecha buscan un punto de encuentro que permita evitar la continuidad del proyecto populista que ha llevado al país al borde del abismo. No se trata solo de una batalla electoral, sino de una lucha por el alma institucional de la nación.
Durante los últimos meses, el país ha sido testigo de una reconfiguración interesante dentro del espectro político opositor. Figuras nuevas y otras ya consolidadas buscan articular un discurso coherente que conecte con una ciudadanía cansada de la polarización, pero también hastiada del desgobierno. En medio de este proceso han emergido nombres que generan tanto expectativa como controversia. Dos casos emblemáticos son los de Vicky Dávila y Abelardo de la Espriella, ambos con trayectorias mediáticas, pero con destinos políticos diferentes. Vicky Dávila, reconocida periodista de tono vehemente y directo, fue una de las primeras figuras de la opinión pública en atreverse a desafiar abiertamente al petrismo desde las redes sociales y los medios. Su estilo frontal, sin filtros, le permitió conectar con un amplio sector de la ciudadanía que se sentía representado por su valentía y claridad en la denuncia. Sin embargo, el tiempo, la sobreexposición y la falta de estructura política detrás de su discurso la fueron apagando. Hoy, aunque mantiene cierta influencia mediática, su figura política parece desdibujada, víctima de la misma efervescencia que la catapultó. En contraste, Abelardo de la Espriella, abogado, empresario y provocador nato, ha sabido aprovechar el momento político. Con un discurso fuerte de derecha, directo y mordaz, ha logrado posicionarse como el outsider del momento. Mientras los partidos tradicionales buscan oxígeno entre sus viejos liderazgos, De la Espriella conecta con el ciudadano común, apelando a la frustración, el sentido de justicia y la indignación frente al desgobierno. En un país donde la política suele ser percibida como corrupta y desconectada del pueblo, su narrativa de orden, autoridad y defensa de los valores tradicionales encuentra terreno fértil. Lo que diferencia a De la Espriella de otros candidatos potenciales es su capacidad de articular un discurso emocional y mediático. No necesita estructura partidista para captar atención: domina los escenarios digitales, maneja con maestría la provocación y entiende que, en la era del espectáculo político, las emociones pesan más que los programas. Su irrupción comienza a inquietar a figuras tradicionales como Federico Gutiérrez, Germán Vargas Lleras, Juan Manuel Galán o incluso María Fernanda Cabal, quienes ven cómo la simpatía ciudadana empieza a migrar hacia un perfil menos político y más contestatario. Paralelamente, otro actor entra en escena: Juan Carlos Pinzón, exministro de Defensa y diplomático, quien representa una derecha más técnica, institucional, académica y moderada. Su reciente lanzamiento a la arena política desde el Partido Oxígeno, de Íngrid Betancourt, busca ofrecer una alternativa seria, programática y alejada de los extremos. Pinzón, con su experiencia y reputación de funcionario eficiente, podría convertirse en un puente entre el uribismo, el centro y el liberalismo inconforme. Sin embargo, su desafío radica en conectar emocionalmente con un electorado que hoy demanda más empatía y menos tecnocracia. El reto de la derecha y del país, está en lograr la unidad sin renunciar a la diversidad. No basta con oponerse al petrismo; es necesario ofrecer una visión de país clara, esperanzadora y viable. Las divisiones internas, los egos y la falta de estrategia han sido, históricamente, el talón de Aquiles de los sectores democráticos. Mientras la izquierda se agrupa bajo un relato de victimismo y resistencia, la derecha suele atomizarse en candidaturas que terminan diluyendo su fuerza electoral. La unificación de las fuerzas políticas que defienden la institucionalidad, la economía de mercado, la propiedad privada y el orden social no puede seguir siendo una utopía. Hoy más que nunca, Colombia necesita una alternativa sólida que rescate el rumbo perdido. El país no soporta otro experimento populista disfrazado de cambio, ni otra administración que gobierne desde Twitter mientras el Estado se desmorona en las regiones. Los votantes ya no creen en los discursos vacíos. Exigen coherencia, liderazgo y resultados. Y si bien la figura de Abelardo de la Espriella puede resultar incómoda para los sectores tradicionales, también es un síntoma de lo que el pueblo demanda: carácter, determinación y una ruptura con la clase política que ha fracasado en representar los intereses ciudadanos. De aquí a 2026, el tablero político será implacable. O la derecha logra construir una alianza seria que integre la técnica de Pinzón, la vehemencia de Cabal, la gestión de Fico y la conexión emocional de figuras como De la Espriella, o el país seguirá atrapado en la narrativa destructiva del petrismo. El momento exige madurez y desprendimiento. No hay tiempo para más ensayos ni para candidaturas de vanidad. Lo que está en juego es el futuro de Colombia, su estabilidad institucional y su viabilidad económica. Y como bien reza la advertencia que hoy recorre los corrillos políticos: "o nos unimos, o nos jodemos."