
Nuestro Caribe es algo que se mastica

Abrimos la boca. El Caribe nos inunda los huesos. Primer latido de sal bajo el techo de palma amarga. Bautismo de fuego en la sangre de los que fuimos antes de ser; regreso al vientre de la tierra, calor de madre que jamás soltó nuestra mano. ¡Cruje el chicharrón! Fractura del silencio en el paladar. Primera piedra de un templo construido y devorado en el mismo instante. Descarga eléctrica, devolviéndonos a la vida.
Somos barro y humo en ese patio de ciruelas y de mangos, estirpe que reconoce el pulso del mundo en el vaho de la olla negra, tiznada por el cactus. El aire se espesa. El cilantro cimarrón y el orégano de hoja ancha se clavan en las sienes. Herencia que despierta antes del primer bocado. Fragancia de achiote tiñendo los recuerdos de un rojo sagrado. Nuestros dedos conocen la corteza herida del ñame espino, madera que custodia un corazón de nieve pura en un mote de queso. Bajo el canto de desafío de los gallos de pelea, el baile del fogón de piedras: el agua danza en círculos de fuego recibiendo la yuca harinosa, el plátano verde rindiéndose al calor, el bastimento deshaciéndose en cauce espeso que arrastra la sustancia de la gallina criolla, mientras el suero atollabuey aguarda en su tinaja de barro, hundida en la sombra del rincón, y la cuchara de palo, desgastada por los años, dibuja espirales de oro sobre el caldo que burbujea con la parsimonia de un siglo. Vapor constante que nos devuelve a orillas del Sinú o del San Jorge: el tiempo hierve. Geografía que fluye hacia el centro mismo de nuestra sed arcaica. ¡Explosión de ají dulce! La lengua se enciende en júbilo de sol. Herida de luz que sana con el roce del grano. Sentimos la porosidad del bollo de maíz envuelto en su propia hoja. Los pericos verdes hienden el cielo pregonando su libertad. La vista se embriaga con el amarillo del arroz con coco y titoté, perlas de sal y de azúcar centelleando bajo el resplandor de las tres de la tarde. Somos la mesa de roble macizo, el mantel de hule floreado con rastro de mil domingos. Bebemos la sangre de la tierra. Masticamos días de brisa y polvo. Habitamos este festín de luces donde cada sabor es un reencuentro con el nosotros que nunca se fue. Comunión de sombras sentadas a la mesa para olvidar que la muerte existe.