
¡No más peto!

Con síntomas de intoxicación quedaron unos; otros resultaron envenenados. A unos más les quedó en la boca un amargo sabor del cual no podían deshacerse y no había centro de salud ni hospital en toda la comarca que diera abasto para atender a tantos pacientes con daño de estómago y cabeza.
Todos ellos se enfermaron a causa de un peto descompuesto que consumieron. Comieron a borbotones con la esperanza de calmar el hambre. Despreciaron una bandeja paisa y un mute santandereano porque los convencieron de que este peto en particular era una especie de maná caído del cielo, que además de saciarles la tripa les daría poderes instantáneos para tener casa, carro, beca; que por sí solo condonaría préstamos del Icetex y construiría portentosos trenes elevados para conectar a Buenaventura con Barranquilla. Mejor dicho, el peto hacía alucinar con vivir sabroso y lo mejor, sin trabajar. Los muchos incautos que se indigestaron con el peto descompuesto, una vez comenzaron a sentir los malestares de la intoxicación, renegaron del mercachifle que los había convencido de engullir este plato que había sido preparado con una muy mala leche y quién sabe qué otras sustancias "non sanctas" que ahora los tenía pasando tan horrible pesadilla. Qué mal momento vivían en la comarca por cuenta de este potaje agrio, cuya descomposición prometía ser casi tan nociva como la pandemia del Covid-19. Los que habían visto con recelo y desconfianza al mercachifle y sus "mercachiflitos" le repetían a los glotones ahora indigestados, que ya ellos se lo habían advertido: que no era la primera vez que este peto venenoso causaba tantos estropicios que, por allá en el 2012, en la capital de Colombia los bogotanos también se habían indigestado con este producto y los resultados habían sido igual de desastrosos, eso sí, a menor escala. Pese a los evidentes daños que les provocaba el peto descompuesto, aún había unos como aletargados, como enviciados, que seguían defendiéndolo y decían, alentados por un lobo vestido de pastor, que sus dolencias y carencias no eran por el alimento en mal estado que estaban consumiendo, sino por el bistec que otrora comían. Finalmente, se les acabó la paciencia y llegó el momento en el que ya cansados por las afecciones que les había provocado esta vianda nefasta, quienes la habían ingerido decidieron rechazarla, y sin más ni menos, de manera espontánea y cada vez en mayor cantidad, se plantan los moradores en cada esquina de la inmensa comarca a clamar con voz vigorosa: "¡No más peto! ¡No más peto! ¡No más peto!"