
No hay duelo sin certeza

La violencia de la incertidumbre mantiene a miles de familias atrapadas entre la esperanza y el duelo que nunca llega.
La violencia ya no es un hecho extraordinario. Está en los titulares que consumimos cada día, en la frialdad de las cifras que enumeran muertos, heridos y desplazados. La hemos incorporado al paisaje. Y lo más alarmante: la digerimos como si fuera inevitable vivir así. ¿En qué momento dejamos de preguntarnos si cada ser humano tiene derecho a vivir todas las etapas de su vida? ¿Cuándo aceptamos, como cultura, que la muerte violenta, el dolor ajeno y la pérdida abrupta se convirtieran en rutina? Entre todas las formas de violencia, hay una que traspasa cualquier resistencia: la incertidumbre. No hay nada más desgarrador que quedarse sin respuesta. ¿Qué pasó? ¿Por qué? ¿Va a regresar? La desaparición no solo arrebata a la persona: arrebata la certeza, la calma y el derecho a cerrar el duelo. Es una herida que no entiende de tiempo. Cada amanecer repite la misma pregunta. La esperanza, aunque duela, no sabe desaparecer. No hay entierro que libere, ni fecha que conmemorar, ni lugar donde dejar flores. Solo queda un hilo invisible atado al corazón, que aprieta más con cada año. Hace unos días, en Argentina, hallaron el cuerpo de Diego Duarte, desaparecido desde 2004, en una casa donde alguna vez vivió Gustavo Cerati. Veinte años sin respuesta. Veinte años en los que su madre no cambió el número de teléfono, por si él llamaba. Veinte años en los que su padre murió esperando. Esa es la violencia de la espera: un castigo invisible que sobrevive incluso cuando la sociedad ya dejó de mirar. En Colombia, más de 100.000 personas figuran como desaparecidas. Detrás de cada número hay familias atrapadas en ese "por si acaso": por si acaso llama, por si acaso vuelve, por si acaso lo encuentran. Aunque la ley y los tratados internacionales obligan a buscar, la realidad es que los expedientes se enfrían mucho antes que la esperanza de los familiares. La incertidumbre es una forma de tortura psicológica. No solo paraliza el presente: mutila el futuro. Y lo más grave es que hemos aprendido a vivir rodeados de ella. La desaparición —forzada o no— no es un capítulo cerrado. Es un delito continuado. No se trata solo de buscar cuerpos: se trata de devolver certezas, de permitir que el duelo sea posible, de romper con la cultura que nos ha convencido de que algunas vidas simplemente se pierden para siempre. Porque mientras no haya verdad, la herida sigue abierta. Entonces la pregunta deja de ser dónde están los que faltan… y pasa a ser cuánto más vamos a dejar que la inseguridad nos robe la vida a todos. Por si acaso no esperemos a que nos toque de cerca para hablar de ello.