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Opinión

No hay crimen perfecto, ni calumnia tampoco

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
15 de noviembre de 2025

Hay personas que no están pendientes de tu caída: están tendiendo trampas.

Te observan, sonríen, se acercan con cordialidad medida, pero sus gestos tienen cálculo. Creen que mover una silla, alterar un orden o tomar una foto sin que te des cuenta puede quitarte valor. No saben que las personas correctas no necesitan el centro para brillar: la luz no viene del lugar, sino del propósito. La malicia se disfraza de protocolo y la envidia de cortesía. Porque la envidia es así: personas que no soportan tu éxito, tu capacidad, que se sienten con el derecho de dañarte porque tu existencia les recuerda su propia carencia. Se puede fingir lo que no se es, pero al final siempre se da lo que se tiene. Y estos dan maldad escondida detrás de sonrisas calculadas. Muchos se mueven en grupo, festejando pequeñas jugadas, creyendo que triunfaron. No saben que la vida tiene un humor impecable… como cuando el mensaje, la foto o la burla terminan enviados al chat equivocado. Solitos dan las pruebas. Hay una forma de intentar destruir a alguien sin tocarlo: difamando, activando terceros para repetir lo que el autor no se atreve a decir de frente. Usan instrumentos, personas que creen participar en un juego, en "poner a alguien en su lugar", sin entender que son desechables. Para quien orquesta es entretenimiento; para la víctima, no es chiste: es depresión clínica, ansiedad, ataques de pánico, reputación destruida, ingresos perdidos. No se trata de caerle bien a todo el mundo, nadie es monedita de oro, pero de ahí a orquestar sistemáticamente la destrucción de otro ser humano hay un abismo moral enorme. En Colombia, esas conductas no se borran con una sonrisa ni con un "lo siento". El Código Penal castiga la injuria y la calumnia con penas de prisión de hasta cuatro años. En el ámbito disciplinario, cualquier acción de un servidor público que afecte la honra o la dignidad de otro tiene consecuencias. En el civil, el daño a la reputación genera responsabilidad solidaria: orquestadores, ejecutores e instrumentos responden juntos. Todos pagan. Y cuando la difamación toca derechos fundamentales, la honra, la dignidad, el orden constitucional abre caminos inmediatos: la acción de tutela, para obtener protección urgente; los incidentes de desacato, para exigir el cumplimiento de las órdenes judiciales; e incluso las acciones de cumplimiento y reparación, cuando las instituciones no actúan. Porque la Constitución no ampara el abuso, sino la verdad y la dignidad. A veces la justicia tarda, pero siempre llega. Los "estrategas" quedan expuestos, los "usados" enfrentan consecuencias, y cada quien termina ocupando el lugar que sus actos le construyeron. El arrepentimiento ennoblece: hay grandeza en rectificar. Pero quien persiste, quien encubre o protege a quien lo usó, se hunde solo. No hay crimen perfecto. Solo máscaras temporales que, cuando caen, dejan ver lo que siempre fue evidente: quién estaba detrás.