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Opinión

No fue Harvard la que perdió. Fue el mundo

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
24 de mayo de 2025

El gobierno de Trump revocó el permiso de Harvard para inscribir estudiantes internacionales. Esta decisión, con trasfondo polémico, afecta a la prestigiosa universidad y al talento global.

Por Glenda K. Fuentes Esta semana, el gobierno de Donald Trump le quitó a Harvard el permiso para inscribir estudiantes internacionales. Sí, a Harvard. No a cualquier universidad. A una de las más prestigiosas del mundo. Una institución que no solo representa la excelencia académica, sino la promesa de que el conocimiento no tiene fronteras. ¿Qué implica esta decisión? Que Harvard ya no podrá recibir talento extranjero. Que los estudiantes internacionales que hoy caminan sus pasillos deberán buscar otro lugar o perder su estatus migratorio. Que Estados Unidos, el país que durante décadas se enorgulleció de atraer las mejores mentes del planeta, hoy cierra sus puertas. Y lo hace, además, con argumentos que dejan más preguntas que respuestas: antisemitismo, negativa a eliminar programas de diversidad e inclusión. Pero lo que realmente se castiga aquí no son los hechos. Es una postura. Lo que molesta no es la protesta, ni el origen de los estudiantes. Lo que molesta es que Harvard dijo no. Dijo no a entregar registros disciplinarios de estudiantes internacionales al gobierno. Dijo no a desmontar sus programas DEI. Dijo no a permitir que la academia se convierta en una oficina más del poder ejecutivo. Y en esta administración, decir no tiene consecuencias. No se trata solo de una universidad. Se trata de una señal. Un mensaje claro: el gobierno actual no está interesado en formar ni retener talento diverso. Prefiere castigar la disidencia, silenciar la protesta y desmontar todo lo que huela a inclusión o pensamiento crítico. Durante años, Estados Unidos fue el destino de quienes soñaban con cambiar el mundo. El sueño americano no solo era cuestión de estudiar, sino de aportar, de construir, de transformar. Hoy, ese pacto no escrito entre el país y el talento global se ha roto. Aunque esto parezca una medida aislada, no lo es. Es parte de una cruzada más amplia contra el pensamiento libre. Contra la diversidad. Contra el poder transformador de la academia. En lugar de fortalecer las instituciones, las están acorralando. En lugar de abrir el debate, lo están sofocando. Y más grave aún: lo que está sembrando esta decisión es un terreno fértil para el odio. Para el racismo disfrazado de seguridad nacional. Para el miedo disfrazado de política educativa. Para la persecución ideológica disfrazada de orden. Si a una universidad como Harvard se le puede cerrar la puerta por mantener su autonomía, ¿qué le espera al migrante común? ¿Al estudiante con acento? ¿Al joven que no se calla? Y si esto lo hace Estados Unidos, símbolo de libertad y referente democrático global, ¿qué se espera para el resto del mundo, donde el odio parece haberse convertido en la forma más efectiva de ganar adeptos y mantener el control? "Cuando se castiga a quien piensa, todo el mundo pierde. Y no por falta de respuestas, sino por miedo a las preguntas".