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Opinión

No estar bien, no está mal

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
31 de enero de 2026

“Todo va a estar bien” es una frase que se repite con frecuencia incluso cuando el panorama evidencia lo contrario. Es una frase que no soluciona, pero da esperanza. Es una frase que, a veces, pesa.

Pesa en aquellos que sienten que, por sostener, no pueden desfallecer. Que deben ser fuertes de principio a fin. Y que al aceptar que no todo está bien, sienten que han desconocido lo mucho que tienen por agradecer. Esto ocurre con muchas mujeres, en especial con las que cuidan, con las que sobreviven, con las que batallan con la prisión de situaciones que parecen no tener salida. Unidas a vínculos escurridizos que no les permiten encontrar su mejor versión. Que no les permiten reconocer sus emociones. Que no les permiten detenerse, darse un descanso y comprender que su alma también necesita un respiro. Como si el corazón de la que cuida debiera ser de piedra. Como si a sus ojos brillantes no se les permitiera llorar a la luz del día. Y es precisamente ahí donde la conversación debe ir más allá del consuelo. Porque cuando hablamos de la salud mental de quienes cuidan, no hablamos solo de ellas, sino también de su entorno. No hablamos solo de emociones: hablamos de condiciones materiales. Hablamos de estructura. Hablamos de oportunidades. Hablamos de la madre cabeza de hogar que debe procurar el bienestar de sus hijos mientras libra una batalla silenciosa por una cuota de alimentos, mientras necesita proveer, mientras intenta no perderse a sí misma en el camino. Hablamos de las cuidadoras que permanecen en casa, muchas veces atravesadas por violencias que no siempre dejan marcas visibles. Hablamos de mujeres que postergan su propia atención porque sienten que no pueden desfallecer. Son ellas quienes aprenden a funcionar con cansancio crónico. Quienes normalizan la ansiedad. Quienes no se permiten nombrar la tristeza. Quienes llegan al borde del colapso sin reconocerse ahí. No porque no quieran cuidarse. Sino porque el sistema les exige resistir. Por eso, la respuesta no puede reducirse a una cita psicológica o a una recomendación de autocuidado. Eso es necesario, sí, pero insuficiente. Estas mujeres necesitan algo más profundo: un sistema integral que combine salud mental, protección social y oportunidades reales. Necesitan tiempo, educación, ingresos, redes de apoyo, corresponsabilidad en el cuidado y mecanismos efectivos que garanticen alimentos, empleo digno y acceso a servicios. Necesitan políticas públicas que entiendan que cuidar también es trabajar. Que sostener la vida de otros es un gran aporte. Que el desgaste psicológico no surge en el vacío, sino en contextos de sobrecarga, abandono institucional e inequidad. Aceptar que duele también es valentía. Reconocer que se necesita apoyo también es fortaleza. Pedir ayuda es esencial, pero encontrarla debería ser una garantía, no un privilegio. Porque no estar bien no está mal. Lo que está mal es permanecer en ese estado por falta de respaldo.