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Opinión

"No estamos bien. Solo aprendimos a disimularlo". Att: La clase media

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
19 de julio de 2025

Pertenecer a la clase media en Colombia es vivir con el agua al cuello y la sonrisa puesta. Es pagar impuestos sin derecho a subsidios. Trabajar y aún así no alcanzar. Tener un título, pero no garantías. Es vivir en la delgada línea entre el esfuerzo y el agotamiento.

Se dice que somos los que estamos "mejor que otros", pero lo cierto es que se vive al límite. Un mes sin empleo, una enfermedad, una separación… y se desmorona todo. La estabilidad aparentada es un acto de equilibrio forzado. Porque si bien no se está en crisis, tampoco se está tranquilo. Solo se ha aprendido a sobrevivir sin hacer escándalo… pero ¿a qué costo? Mientras el gobierno celebra que el Dane diga que 32,4 % de la población ya hace parte de la clase media —más de 16 millones de personas con ingresos entre $853.608 y $4.596.352—, nadie se detiene a preguntar cómo se viven esas cifras. Nadie cuenta que llegar ahí cuesta años de deuda con el Icetex. Que este "progreso" no alcanza para vivir con plenitud, solo para mantenerse a flote. Y sí, a simple vista parece que vamos bien. Se mandan a los hijos al colegio, se va a restaurantes, se viste bien. Pero detrás de muchas imágenes hay una tarjeta de crédito. Una cuota más. Un salario estirado. Porque además aparentar es un mecanismo de defensa. Porque en esta sociedad, si no pareces estar bien, no encajas. La clase media carga con buena parte de la economía del país. Paga renta, IVA, predial, rodamiento, aportes obligatorios y más. Y lo hace sin que nadie les devuelva nada. Mientras otros acceden a programas— como Familias en Acción o Renta Ciudadana— aquí se cubre cada gasto sin red de apoyo. Sin alivios. Sin descuentos. Sin incentivos. "Hay una diferenciación importante entre la clase baja y la media: esta la clase trabajadora del país", dice Ricardo Buitrago, director del Programa de Negocios de la Universidad de La Salle. Esa clase trabajadora no solo sostiene el sistema, sino también paga por él. Mientras sus posibilidades de crecer se achican, sus responsabilidades se multiplican. En los países desarrollados, pagar impuestos significa acceder a salud, educación, transporte y calidad de vida. En Colombia, pagar impuestos es casi un acto de fe. Se paga esperando que no toque en el hospital público. Que alcance para el colegio privado. Que el sueldo se estire. Que el carro no falle. Que el arriendo no suba. Que no pase nada. Porque si pasa… no hay quien te sostenga. Esto no es estabilidad. Es resistencia pura y dura. Es supervivencia disfrazada de progreso. Es vivir en permanente estado de alerta, con la tranquilidad como un lujo inalcanzable. Así que: La verdad es esta: no estamos bien. Solo aprendimos a no decirlo en voz alta.