
No es el río. Es la ciudad que construimos alrededor de él

La forma en que nos ordenamos lo cambia todo. El debate después de lo que vivió Montería en las últimas semanas ha tomado un camino predecible: hablar del río, de la naturaleza, de los ecosistemas, de cómo debemos aprender a convivir con ellos. Y sí, todo eso es cierto. Pero también es insuficiente.
Porque el problema de fondo no es el río. El problema es la ciudad que construimos alrededor de él. El río Sinú no apareció de un día para otro, ni cambió su naturaleza. Lo que sí cambió fue Montería: creció sin orden, sin planeación y sin decisiones de fondo. Durante años se permitió ocupar zonas de riesgo, se expandió la ciudad sin criterio claro, se pavimentó sin resolver el drenaje pluvial y se aprobó suelo donde no se debía. Mientras tanto, miles de familias tuvieron que resolver por su cuenta algo tan básico como tener una vivienda digna. Hoy Montería no está estallada. Está cansada. La gente siente que todo está mal, pero se acostumbró a vivir así: en el desorden, en el rebusque, en la incertidumbre. No es rabia lo que domina. Es frustración silenciosa. Es resignación. Es trabajar todos los días y no progresar. Y cuando eso pasa, lo que ocurre después no es una tragedia natural. Es una consecuencia. El pasado 1 de febrero lo dejó claro: más de 70.000 personas damnificadas, cerca de 23.000 familias afectadas, viviendas destruidas, barrios enteros bajo el agua durante semanas. Pero el problema no empezó ese día. Venía de años atrás, de decisiones que se evitaron, de problemas que se conocían y no se resolvieron. Porque Montería funciona hoy así: crece sin planeación, expulsa a la gente del sistema formal, empuja a la informalidad y luego castiga a quienes sobreviven en ella. Por eso hoy cerca del 70% de la población vive por fuera del sistema económico formal, rebuscándose la vida en una ciudad donde no hay suficientes empresas, donde el empleo es escaso y donde el progreso para la mayoría no llega. Está bien que se tomen decisiones en medio de la emergencia. Es necesario actuar, responder, atender. Pero el problema es que Montería no puede seguir reaccionando a las crisis. Montería tiene que dejar de vivir en crisis. Porque reaccionar no es gobernar. Gobernar es anticiparse. Y anticiparse implica priorizar. Durante años se hizo lo contrario: se invirtieron miles de millones en lo que se podía escoger, mientras lo que se tenía que hacer se aplazaba. Vivienda, drenaje, orden territorial, oportunidades reales. Ese es el origen del problema. Por eso hay que decirlo con claridad: ordenar Montería implica sacrificios. Implica hacer primero lo que se tiene que hacer, aunque no dé aplausos, para después hacer lo que se puede escoger. Y en el caso del río, eso significa algo muy concreto: primero ordenar la ciudad y el campo alrededor de él, definir dónde se puede habitar y dónde no, recuperar sus canales naturales, limpiarlo con gestión seria y con conciencia ciudadana, y solo después —o en paralelo si se hacen bien las cosas— pensar en las inversiones que tienen que ver con turismo y desarrollo. Porque el desarrollo alrededor del río no puede seguir siendo improvisado. Tiene que ser planificado. Hoy vemos las consecuencias de no haberlo hecho: barrios enteros construidos sin condiciones adecuadas, familias viviendo donde pueden y no donde deben, una economía donde la mayoría sobrevive en la informalidad y una sensación generalizada de que “cada quien hace lo que puede porque nadie pone orden”. Y hay que decirlo sin rodeos: el problema de Montería no es lo que pasó. Es que nadie ha querido ponerle orden. Porque ordenar una ciudad no es un tema técnico. Es una decisión política. Implica decir no donde antes se decía sí. Implica incomodar intereses y dejar de gobernar para unos pocos, mientras la mayoría sigue por fuera. Hoy Montería está en un punto de quiebre. No porque el río haya crecido, sino porque el desorden llegó a su límite. Porque la gente está cansada de trabajar y no avanzar, de ver cómo la ciudad crece pero ellos no progresan. La pregunta ya no es qué hizo el río. La pregunta es si vamos a seguir reaccionando cada vez que llegue una crisis… o si por fin vamos a tomar las decisiones que nunca se han querido tomar. Porque al final, el futuro de Montería no depende del río. Depende de si somos capaces de ordenar la ciudad. Y esa decisión —por primera vez— ya no se puede seguir aplazando.