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Opinión

Ningún candidato está hablando del verdadero problema del campo colombiano

Luis Miguel Pico Pastrana
Luis Miguel Pico Pastrana
Columnista
13 de mayo de 2026

Mientras países como Israel generan más de 140 mil dólares anuales de valor agregado por trabajador agrícola, Colombia apenas supera los 6 mil. Países Bajos, con un territorio menor al de muchos departamentos colombianos, se consolidó como una potencia agroexportadora mundial gracias a la tecnología, la logística y la innovación aplicada al campo. Colombia, en contraste, sigue atrapada en una discusión rural que parece detenida en el siglo XX.

En medio del debate presidencial, los candidatos hablan de tierras, subsidios, seguridad o créditos. Algunos prometen más intervención estatal; otros, más mercado. Sin embargo, pocos parecen abordar el verdadero núcleo del problema rural colombiano: la baja productividad, la escasa transformación agroindustrial y la ausencia de una visión moderna de desarrollo territorial. El campo colombiano no necesita únicamente más hectáreas sembradas. Necesita producir mejor, transformar más y competir globalmente. El verdadero atraso no está solamente en la distribución de la tierra; está en la limitada capacidad para convertir conocimiento, infraestructura y tecnología en prosperidad rural. Y el Caribe colombiano representa quizá la evidencia más clara de esa contradicción nacional. La región posee condiciones privilegiadas para convertirse en una potencia agroalimentaria tropical. Tiene acceso a puertos estratégicos sobre el Atlántico, disponibilidad de radiación solar durante todo el año, biodiversidad, variedad de pisos térmicos y capacidad para producir frutas tropicales, cacao, coco, acuicultura y sistemas agroforestales de enorme potencial exportador. Sin embargo, gran parte de esa riqueza sigue atrapada entre vías terciarias deterioradas, distritos de riego insuficientes, baja tecnificación y escasa transformación industrial. El Caribe exporta mango, limón, yuca, ñame o coco, pero muchas veces continúa importando desarrollo. La discusión presidencial debería estar concentrada precisamente allí: en cómo transformar regiones rurales en ecosistemas productivos modernos, conectados con cadenas globales de valor y capaces de generar empleo digno y movilidad social. La propia Misión para la Transformación del Campo advirtió hace años que Colombia arrastra profundas brechas rurales en infraestructura, acceso al crédito, asistencia técnica, innovación y competitividad. Más recientemente, el Consejo Privado de Competitividad reiteró que el país continúa rezagado en productividad rural frente a economías comparables y frente al promedio de la Ocde. La evidencia es contundente. Según el Informe Nacional de Competitividad 2024-2025, el valor agregado por trabajador agrario en Colombia sigue siendo dramáticamente inferior al de países que apostaron por innovación, genética, logística y ciencia aplicada. El problema no es únicamente cuánto se produce, sino cuánto valor se captura dentro del territorio. Allí radica una de las grandes fallas históricas del modelo rural colombiano: seguimos siendo exportadores primarios en un mundo que recompensa la sofisticación productiva. El siglo XXI agrícola ya no gira únicamente alrededor de sembrar alimentos. Gira alrededor de datos, trazabilidad, biotecnología, agricultura de precisión, adaptación climática, procesamiento industrial y eficiencia logística. El país que domine esas variables dominará también los mercados agrícolas globales. Por eso preocupa que en el debate político todavía exista tan poca profundidad sobre temas estratégicos como genética vegetal, sistemas de drenaje, bioeconomía, conectividad rural, inteligencia climática o cadenas de frío. Mientras otras economías construyen ecosistemas agroindustriales, Colombia sigue discutiendo si el desarrollo rural debe depender exclusivamente del Estado o exclusivamente del mercado, como si fueran conceptos incompatibles. La experiencia internacional demuestra exactamente lo contrario: los grandes modelos agrícolas exitosos nacieron de alianzas entre sector público, ciencia y empresa privada. Brasil desarrolló su revolución agrícola tropical apoyado en investigación aplicada. Países Bajos convirtió la innovación en política de Estado. Israel transformó la escasez hídrica en liderazgo mundial en riego tecnificado. Incluso modelos exitosos en Colombia, como el cafetero o el palmicultor, lograron consolidarse gracias a institucionalidad, transferencia tecnológica y articulación empresarial. El Caribe necesita construir su propia versión de esa transformación. Eso implica abandonar la lógica fragmentada de pequeños proyectos desconectados y avanzar hacia verdaderos distritos agroindustriales regionales. Significa organizar la producción alrededor de ecosistemas productivos con acceso a crédito flexible, asistencia técnica permanente, infraestructura logística, procesamiento industrial y mercados internacionales. Implica también entender que el cambio climático ya no es una amenaza futura, sino una realidad económica presente. El aumento de sequías, inundaciones y fenómenos extremos afectará de manera particular a las regiones tropicales y costeras. El Caribe colombiano no podrá sostener su competitividad agrícola sin adaptación hídrica, manejo de suelos, drenajes y tecnologías resilientes. A ello se suma otro desafío silencioso: el relevo generacional rural. Miles de jóvenes abandonan el campo porque asocian la agricultura con pobreza, informalidad y atraso tecnológico. Difícilmente las nuevas generaciones permanecerán en la ruralidad si el campo sigue funcionando bajo modelos productivos precarios y de baja rentabilidad. La agricultura del futuro necesitará menos improvisación y más conocimiento. Menos romanticismo político y más ingeniería territorial. Por eso el verdadero debate presidencial sobre el agro colombiano no debería limitarse a quién entrega más subsidios o quién endurece más el discurso sobre la tierra. La discusión de fondo es cómo convertir al campo en una plataforma moderna de productividad, innovación y transformación social. Porque el desarrollo rural no se construye únicamente repartiendo activos. Se construye creando capacidades productivas. Y allí el Caribe puede jugar un papel decisivo. La región tiene las condiciones para convertirse en uno de los grandes polos agroindustriales de América Latina, pero necesita visión de largo plazo, inversión inteligente y una arquitectura institucional que conecte ciencia, empresa, infraestructura y territorio. Colombia no será una potencia agroalimentaria mientras siga exportando materias primas e importando productividad.