
Navidad, amor y paz

Diciembre evoca la Navidad, tiempo de luces, reuniones y nostalgia. Los niños son el centro, pero la fe y la tradición contrastan con el consumismo. Es tiempo de amor y esperanza.
Por José Arturo Ealo Es diciembre. A medida que pasan los días se acerca la Navidad. Hay quienes lo toman con alegría y otros con tristeza. Lleva cierto sello de la nostalgia. Es una fecha con ambiente de celebración de luces, de colores y de fantasía. Los niños son los protagonistas y su ilusión les confiere un sentimiento a la conmemoración del nacimiento de Jesús. Las múltiples reuniones sociales viven sus tradiciones y creencias. El ánimo cristiano, con este episodio, invade el entorno global. Bajo cualquier pretexto la mayoría de las personas absorben ese ambiente navideño. Abundan las fiestas, los regalos, los viajes, el reencuentro familiar alrededor de una cena y el calor del amor, dándose una tregua con mucha energía para disfrutar momentos que, por fortuna, aún conservan un sabor ancestral. El árbol iluminado, las luces navideñas, las decoraciones, las comidas, los regalos, los villancicos, los abrazos y las manifestaciones de cariño giran alrededor de dichas fiestas: la natividad del niño Jesús. Su origen es cristiano y quienes siguen su fe se reúnen en torno a un pesebre para orar, celebrar y agradecer. La oración y la tradición hacen mucha falta en el mundo. En sociedades que mantienen, al menos, el concepto de la ilusión infantil también surge un simpático personaje conocido como papá Noel. Obviamente tiene un significado navideño mientras siga siendo un viejo querido que trae regalos, como una manifestación amorosa. La tradición es hermosa, pero se desdibuja cuando la gente se va más por el lado comercial y meramente festivo. No es solidaria con los demás y demuestra idolatría por lo banal: la pólvora y la embriaguez traen peligros que no son, para nada, coherentes con una celebración basada en la familia, los principios y la armonía. Qué bueno vivir estos días con el regocijo que brota de la fe cimentada en el concepto de la esperanza, el renacer, perdonar, abrazar y compartir amorosamente. Qué bueno dar un detalle que no implique más angustias ni deudas para miles de personas que se sienten entristecidas por la dificultad económica. La suerte de quienes se pueden reunir es de por sí, el mayor regalo para todos. Y el recuerdo de quienes ya se adelantaron en el camino, compartido con quienes disfrutaron esa presencia, es también un regalo para todos. Lo demás es superfluo. El niño Dios, quien origino esta época, deja un mensaje más sencillo y claro: un amoroso y feliz diciembre.