
Narcos con banderas revolucionarias

Las Farc y el ELN, disfrazados de revolucionarios, perpetúan la violencia en Colombia. Sus discursos son fachada de asesinato, extorsión y narcotráfico, traicionando la paz y engañando al gobierno.
Por Félix Manzur Jattin Narcos con banderas de revolución: la farsa de las Farc y el ELN en Colombia. Las organizaciones criminales como las Farc y el ELN han demostrado una vez más que no son ideólogos ni revolucionarios del cambio, sino simples apátridas al servicio de la violencia y el lucro ilícito. Sus discursos sobre justicia social y transformación política son una fachada que oculta sus verdaderas actividades: asesinato, extorsión, secuestro y narcotráfico. Estos grupos, lejos de representar un camino hacia la paz, han traicionado cualquier esperanza de reconciliación, incluso engañando al presidente Gustavo Petro y a sus comisionados de paz. Las recientes masacres perpetradas por estas organizaciones dejan al descubierto su falta de voluntad para construir una sociedad en paz. Su negativa al desarme y su insistencia en mantener estructuras beligerantes no solo perpetúan el conflicto, sino que además afectan directamente a las comunidades más vulnerables del país. Las víctimas, muchas veces campesinos, indígenas y afrodescendientes, siguen soportando el terror de estas estructuras armadas. El narcotráfico sigue siendo el pilar económico de estos grupos, que han evolucionado para operar como carteles de la droga disfrazados de insurgentes. Controlan rutas, siembras y laboratorios, mientras utilizan la violencia para mantener su hegemonía en las regiones que dominan. Sus acciones son un cáncer que corroe la esperanza de paz, desarrollo y justicia social. No más contemplaciones ni diálogos sin condiciones claras. Colombia necesita una política firme, una "mano dura" que enfrente a quienes no quieren la paz. Es hora de que el gobierno exija resultados concretos: cese inmediato de hostilidades, desarme total y justicia para las víctimas. La paz no puede ser un lujo condicionado por la voluntad de criminales. Sin desarme de los espíritus beligerantes, cualquier intento de diálogo será inútil y peligroso para el futuro del país.