
Narbona y el amor

No es fácil, ni siquiera para los filósofos, referirse al amor como un sentimiento universal que ha viajado por distintas épocas rompiéndose y manchándose, dadas las volubles actitudes del ser humano ante ese “abismo de la razón”. Quienes se han atrevido a hacerlo, casi siempre con variada fortuna, han debido reconocer al final que, como ante todo misterio, quedan más dudas que certezas.
Rafael Narbona, el filósofo y escritor español lo intentó y pretendió hacer un elogio del amor en un libro que, a mi juicio, solo reafirma unas verdades que todos intuimos, pero que solo se dan cuando aparece el verdadero amor, ese afecto profundo y espontáneo que mucho tiene que ver con la generosidad y la bondad, dos atributos humanos que, para el caso, no le son dables a todo el mundo. El concepto de pareja, hoy en boga, a mi juicio desnaturaliza la esencia del amor, porque es estrictamente matemático. Una pareja la pueden conformar elementos disímiles, como un alfil y un caballo en el ajedrez, por ejemplo, aunque nada tengan que ver con la interpretación posesiva y heteropatriarcal que ahora se le pretende atribuir a las nociones de novio, marido, amante o esposo. Narbona alude al poliamor como un acto que mercantiliza, cosifica diría yo, a la “pareja” ocasional. Quizá las mutuas libertades que, en nombre de la posmodernidad, van implícitas en las prácticas íntimas sin un componente psicoafectivo real, determinan que hoy da igual con uno que con otro, como si el verdadero placer (ya sé que el sexo no tiene memoria) radicara exclusivamente en el coito fugaz. Podría decirse que los grandes amores suelen tener raíces en el pasado, bien porque provienen de escaramuzas inconclusas o por relaciones de cercanía que fueron floreciendo calladamente, al compás de los días. Todos surgen de una atracción convertida en refugio emocional, en pasión desbordada y en valores compartidos que derivan hacia la confianza ilimitada de los cuerpos. De la explosión volcánica inicial, que muchas veces hace perder el juicio, esas lavas ardientes van tomando el carácter de un géiser, esa fuente termal intermitente que fascina por su serenidad y armonía. Ese es el amor carnal, el de siempre, lleno de paradojas, muchas veces dolorosas, que es ajeno al individualismo contemporáneo y que, en términos de Garcilaso de la Vega, consiste en dar la vida y el alma a un desengaño: ¡quien lo probó lo sabe! *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.