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Opinión

Nadie es imprescindible

Armando González
Armando González
Columnista
17 de mayo de 2026

Esta semana, como habitualmente lo hago, me levanté muy temprano y empecé el día leyendo un pasaje bíblico del libro de los Hechos de los Apóstoles. Allí se narraba cómo, después de la traición y muerte de Judas Iscariote, los discípulos decidieron completar nuevamente el grupo de los doce apóstoles.

Esta semana, como habitualmente lo hago, me levanté muy temprano y empecé el día leyendo un pasaje bíblico del libro de los Hechos de los Apóstoles. Allí se narraba cómo, después de la traición y muerte de Judas Iscariote, los discípulos decidieron completar nuevamente el grupo de los doce apóstoles. Entre dos hombres fue escogido Matías para ocupar el lugar vacante. Ese pasaje me dejó pensando profundamente. Más allá del significado religioso, encontré una reflexión muy aplicable a la vida cotidiana: nadie es imprescindible. Vivimos en una sociedad donde muchas personas, por orgullo o soberbia, creen ser irremplazables. Lo vemos en el trabajo, en la política, en el deporte, en las relaciones sentimentales e incluso dentro de las familias. Hay quienes actúan como si todo dependiera exclusivamente de ellos y como si, al faltar, el mundo fuera a detenerse. Sin embargo, la vida demuestra lo contrario. Los apóstoles pudieron continuar siendo once, pero alguien más estaba preparado para asumir esa misión. Matías ocupó el lugar de Judas, y la historia siguió su curso. Así sucede también en nuestra realidad. Todos, absolutamente todos, tenemos reemplazo. Los cargos cambian, los ciclos terminan, las personas se van y otras llegan. Esa es la dinámica natural de la vida. Muchas veces escuchamos frases como: “Si esa persona se va, esto se acaba”, “Nadie puede hacer ese trabajo igual” o “sin él o ella todo será un desastre”. Pero el tiempo termina demostrando que las instituciones continúan, las familias siguen adelante y los espacios vuelven a llenarse con nuevos actores. Eso no significa que las personas no sean valiosas. Claro que lo somos. Cada ser humano deja huellas, experiencias y enseñanzas. Lo peligroso es caer en la arrogancia de pensar que somos indispensables para los demás o para el funcionamiento del mundo. La verdadera grandeza no está en sentirse imprescindible, sino en hacer las cosas bien mientras tenemos la oportunidad de servir. Vivir con humildad, trabajar con compromiso y actuar con honestidad tiene mucho más valor que alimentar el ego con la idea de que nadie puede reemplazarnos. Debemos entender que estamos de paso por esta vida terrenal. Los tiempos de Dios son perfectos y los ciclos se cumplen, nos guste o no. Por eso, más que preocuparnos por demostrar poder o superioridad, deberíamos enfocarnos en dejar buenos recuerdos, construir relaciones sanas y aportar positivamente en cada espacio donde nos desenvolvemos. Al final, la lección es sencilla: vive cada día dando lo mejor de ti, pero nunca olvides que nadie es imprescindible. Así como Judas tuvo reemplazo, nosotros también lo tendremos algún día.