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Opinión

Mujeres, vamos con toda

Lucia Teresa Solano Berrío
Lucia Teresa Solano Berrío
Columnista
30 de marzo de 2026

Por denunciar, alzar la voz, hacer visible la violencia y las agresiones sexuales, las llaman locas. Por llenarse de valor y no esconder el acoso, el maltrato, la humillación y el irrespeto, les dicen enajenadas o carentes de cordura. El reclamo de una mujer, por la razón que la asista, acaba igual: ¡es una loca!

¡Ya no más! Los hombres piensan que su mala conducta no amerita reproche ni sanción. Ellas los provocan, dicen. Están muy equivocados. No pueden perder de vista que son hijos, hermanos, padres y abuelos y que existen normas de sana convivencia en la calle, la oficina, la casa, la fábrica, el hospital, la consulta, la iglesia, el aula, los viajes de trabajo, en cualquier lugar o circunstancia. No pueden pensar que el largo silencio de una mujer se prolongará por siempre y que sus familias, las de los agresores, no padecerán la vergüenza ni las consecuencias de no controlar un deseo que no es sincero, sino un burdo estilo de “seducción”. Por las malas, nada funciona. Se ha vuelto constante la actitud morbosa, manipuladora e intimidante de profesores a alumnas, en colegios y universidades; de compañeros de trabajo, de jefes a subalternas. En el caso de las estudiantes, las notas no dependen de su brillantez o no, sino de la aceptación de propuestas indecorosas del profesor. Hay instituciones en las que tanto hombres como mujeres son sometidos unas veces a la malquerencia, otras al acoso, a presiones salidas de tono, y las cabezas no hacen nada. Existen personajes que han hecho la vida imposible a quienes no atienden requerimientos de tipo sexual. Imposible que nadie se entere cuando toda una ciudad lo sabe. En algunos sitios de trabajo se puede escribir el manual de acoso y sometimiento a las mujeres, y la forma de mantenerlas calladas porque necesitan el trabajo. Ahí los acosadores no piensan en ellos mismos. Sin embargo, al hacerse público el asunto, miles de personas las atacan a través de las redes sociales y las critican por no hablar antes. Denunciar no es tan simple. Algunas callan porque las penas tienen su pudor; porque la sociedad las señala; porque sus padres, hermanos, maridos, hijos, novios pueden tomar la justicia en sus manos y castigar a los agresores. No cabe aquí la violencia. No, no se trata de venganza, sino de saber compartir escenarios. De hacer del lugar de coincidencia —aula, oficina, empresa— un territorio de paz y máximo respeto. Es necesario insistir a la justicia que ahonde en estos casos y no desestime el peligro que los agresores representan para la sociedad. Que evalúe la intención de los denunciados de corregirse y de no repetirlo. Muchos claman porque los depredadores paguen cárcel o castigo… Las mujeres exigimos que la persecución, la intimidación, el acoso sexual y laboral reciban una dura sanción y un reproche público si la gravedad de la falta lo determina. Nadie tiene la potestad de hacer del otro un objeto sexual. Esto aplica para ellas, si se presenta el caso.