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Opinión

Muertos encostalados

Miguel Mercado Vergara
Miguel Mercado Vergara
Columnista
18 de agosto de 2023

El asesinato de un médico cordobés en Tailandia, con desmembramiento, evoca crímenes similares en Colombia, incluyendo el caso Valentina Trespalacios. La brutalidad de los hechos conmociona.

Por Miguel Mercado Vergara Aún no cesa el asombro por la forma como fue asesinado el galeno cordobés en las lejanas tierras de Tailandia, un país del sudeste asiático con fama por sus hermosas playas tropicales. Lo extraño del homicidio ha trascendido al ámbito internacional por la desmembración que su autor hizo del cadáver de la víctima en circunstancias que develan un alto grado de sevicia y premeditación que puede conducirlo al cadalso. Matar y luego diseccionar para echar en bolsas y costales y botar las partes del cadáver es una obra calculada aquí y en cualquier lugar del mundo. Esa macabra acción salvaje revive el doloroso episodio criminal del extranjero que hace pocos meses en Bogotá asesinó a la joven Valentina Trespalacios, con quien mantenía una relación amorosa, utilizando ese mismo procedimiento de desmembrar y encostalar sus restos mortales para llevarlos a un basural en la localidad de Fontibón. También, evocan esas tragedias delictivas la acaecida en Montería hace más de tres décadas cuando una meretriz, luego de una larga noche de parranda, murió a puñaladas de manos de un afamado boxeador de la época quien con un compañero de farras metieron el cuerpo en un costal y lo tiraron al río Sinú atado a un cigüeñal. Aún no había alcanzado la adolescencia cuando escuché la trágica historia de un comerciante de ganados de Planeta Rica que fue asesinado por otro que igualmente se dedicaba, en su compañía, a esa actividad de comprar y vender vacunos. El homicida encostaló las partes del cadáver y las vació enseguida en el vientre de un burro que había matado sacándole las vísceras, lo cosió, lo echó en una fosa, le regó gasolina y luego le prendió fuego y tapó la sepultura. Fue descubierto y apresado. Cuando el pueblo supo de su encierro se volcó a la cárcel, reventaron las puertas y candados del reclusorio, lo sacaron y en una indignación incontenible lo mataron en plena calle arrastrando su cuerpo en un vehículo tirado de una cuerda. Esas historias de horror y terror son películas de la vida real que, al ocurrir, estremecen los cimientos de la sociedad y quedan tatuadas de manera imborrable en la memoria colectiva y solo el paso del tiempo se encarga de dar a sus dolientes la fortaleza necesaria para cicatrizar las heridas que ocasionan. [email protected]