
Muchacha de pelo negro

Un encuentro telefónico, una amistad nacida en los noventa, un poeta y un sueño compartido. Así comenzó una historia que trascendió el tiempo y la distancia.
Por Ensuncho De La Bárcena Tenías 18 y yo 20. Éramos un par de adolescentes buscando nuestro destino. Tú en la capital y yo en tu ciudad natal. Comenzamos siendo amigos telefónicos, versión noventera de las redes sociales o de las aplicaciones de mensajería. Me identifiqué como "Gibran Khalil Gibran", porque era nuestro poeta favorito. "Pero después de tres días de churria", respondiste y soltaste esa carcajada que todo el mundo te conoce. Yo también reí. Y creo que esa risa nos unió para siempre. Me contabas los pormenores de la grabación del que sería tu tercer disco. Que los coros, que los arreglos, que los músicos. Yo, muy atrevido, te hacía algunas recomendaciones musicales. Recuerdo haberte pedido que escucharas a Caifanes, mi banda preferida de aquellos años. En particular te hice énfasis en "Afuera" y "Aquí no es así". Luego conversábamos de los versos y poetas que nos gustaban. Y soñábamos con que nos crecían las alas. Las llamadas se repitieron durante cinco o seis semanas. A veces contestaba tu mamá, porque tú estabas en el estudio y te dejaba saludos. "Por favor, dígale que la llamó Don Juan De Marco". Doña N sonreía al otro lado del teléfono y colgaba con dulzura. Vainas de adolescentes. Una noche de viernes, al volver de la universidad, me sorprendió el mensaje que recibí en la pensión donde vivía: "Te llamó tu amiga de Bogotá, que tú sabes quién". Fui a la cama soñándome el mejor de los poetas, el mejor de los actores, el mejor de los amantes. Todo hecho fantasía e imaginación. La siguiente llamada giró sobre la visita que harías a la ciudad de la alegría. Yo me emocioné, pero mantuve la calma. Me pediste que nos viéramos. Que pasara por el camerino del Teatro y nos conociéramos. Yo, después de unos segundos de pánico, acepté. Era un flaco muy desaliñado que vestía vaqueros rotos y botas de obrero con punta de metal. No sé qué imagen te habías hecho de este viajero y un solo gesto tuyo de desaprobación me hubiera condenado a la tristeza. Allí estuve, con todas mis inseguridades de chico de provincia. Alentado por otro soñador, compañero de estudios y que conocía de cerca la historia que hasta hoy me atrevo a escribir. Había un zumbido de gente queriendo estar ahí y yo me colé. No sé cómo, pero el tiempo se hizo caleidoscopio. Tus tacones rompieron el aire. Me di la vuelta y allí estabas. Frente a "Gustavo Adolfo Bécquer", "Jorge Luis Borges" y otros poetas. Cruzamos miradas un segundo. Ninguno de los dos habló. De ese silencio quedan plumas.