
Mitologías II

Y al otro día, Júpiter que se va cuando llega el marido de verdad, Anfitrión, que de vaina se quitó la armadura y comienza la función con ella, que aterrada pensó y dijo:
- Pero a este no le satisface nada, voy a tener que buscarle una novia para que me deje dormir. Y él la notaba fría, desapasionada, inerte y empezó a maliciar, y más cuando él le contó que había matado a los enemigos, que ella le contestó: - Eso ya lo sabía, ombe, duérmete. Y ahí si no se aguantó él y fue donde Tiresias, el adivino, a que le dijera qué era lo que pasaba con su mujer. Y el adivino le dijo: - Vea amigo: para serle cortico lo que pasa es que su mujer va a tener mellizos, uno de ellos suyo y el otro de Júpiter. Pero no le diga nada a ella que es inocente. Anfitrión se puso contento porque compartió su mujer con el jefe de los dioses. Bueno, nacieron los muchachitos, primero Hércules, y después Íficles. Pero cuando Juno, la esposa de Júpiter se enteró que había tenido ese hijo por fuera juró que lo mataba. El muchacho Hércules fue creciendo macizo y media dos metros y cuando cumplió 18 años salió a matar al León de Cicerón, que era el que estaba acabando con el ganado de Anfitrión, al león lo mató de un flechazo y se puso el cuero de abrigo. Hércules se casó con Mégara, hija de Creonte y con ella tuvo tres hijos y vivió feliz, hasta que Juno se enteró y como no había podido matarlo, lo volvió loco y una noche que llegó a la casa cogió a Mégara ya los tres muchachitos a quienes adoraba, y los mató a los cuatro con la espada. Cuando volvió en sí y vio a su familia en un charco de sangre, ahí sí que casi se vuelve loco de la desesperación, cuando llegó Anfitrión y le dijo que había sido él mismo, Hércules, y entonces él cogió la espada para matarse, pero Anfitrión lo convenció de que él no tenía la culpa porque no se había dado cuenta de lo que había hecho. Al fin se aplacó y al otro día armó viaje para el Templo de Delfos, a preguntarle a la Pitonisa qué tenía que hacer para pagar su crimen. Cuando llegó a Delfos, ya Juno tenía prevenida a la Pitonisa que le pusiera un castigo fuerte que acabara con él; pero ella no se atrevió y lo mandó donde Euristeo, rey de Trinto.