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Opinión

Miraflores y Barranco

Álvaro Bustos González*
Álvaro Bustos González*
Columnista
16 de noviembre de 2025

Habían salido a prima noche de Bogotá el viernes antepasado, y llegaron al nuevo aeropuerto Jorge Chávez, de la ciudad de Lima, dos horas y media después. Se dice que los vuelos hacia el sur andan más rápido que hacia el norte. Desde El Callao hasta Miraflores, donde se alojaron, había un trancón de padre y señor mío, atribuido al Halloween, sin muchas brujas en la calle.

El Tambo 1, el hotelito que los esperaba con su elegante sencillez, queda en una de esas avenidas paradisíacas de Miraflores, muy cerca de la Sanguchería, donde consumieron, casi a la media noche, las primeras y apetecibles viandas. El sábado por la mañana, con la fría brisa que llegaba del mar, los viajantes caminaron hacia Larcomar y el Parque de los novios, insuflando sus pulmones y dejando perder su mirada hacia el horizonte inagotable del Pacífico, que adereza el cielo gris y sin nubes de la bella metrópoli, con el espolón de Barranco y Chorrillos al fondo. Los viajeros casi no llegan a la corrida de toros del sábado por la tarde. Los trancones se habían hecho interminables, como si hubieran prolongado el jolgorio de la noche anterior. El distrito del Rimac, allá junto al cerro, donde queda la antañona plaza de Acho, estaba congestionado por aficionados provenientes de diversos lugares de Hispanoamérica. Un rato antes, en el bar del Hotel Maury, donde se dice que se inventó el pisco sour, los viajeros toparon con un grupo de ciudadanos, hombres y mujeres, procedentes de Panamá, honrando su peña taurina. Algo deben de tener los toros, que perviven, como en un juego de valor y riesgo, en lugares insospechados. Un jabonero sucio de la ganadería de Paiján salvó la tarde del sábado. Sebastián Castella estuvo magistral y abrió la puerta grande. El día siguiente, bajo un sol inusual de domingo, Andrés Roca Rey le hizo honor a su alcurnia torera y se llevó tres orejas que sus paisanos le concedieron clamorosamente. Por la mañana los viajeros habían hecho un recorrido por Barranco y caminado por el Puente de los suspiros; ahí visitaron la escultura de Chabuca Granda y se tomaron una foto con una iglesia al fondo que mostraba el costillar de sus techos derruidos por el tiempo, con unos goleros afincados, algunos con las alas abiertas, sobre el caballete. Era un homenaje al cuento Los gallinazos sin plumas, de Julio Ramón Ribeyro. *Decano, FCS, Unisinú -EBZ-.