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Opinión

Mi abuelo: Miguel F. De La Espriella

Remberto Burgos de la E.
Remberto Burgos de la E.
Columnista
5 de mayo de 2025

Un emotivo recuerdo honra al abuelo Miguel Francisco de la Espriella, médico ejemplar de Sahagún. Su vida, llena de nobleza, pasión y servicio, resuena como un viaje épico a casa.

Por Remberto Burgos De La Espriella Me traje el recuerdo de los sabores con los cuales crecimos y que nos alimentan el alma: el café terciao, el ñame con suero, el bistec insuperable. También la imagen imponente y elegante del Abuelo Canoso, de lentes gruesos y lino blanco. Su sola presencia era sinónimo de distinción, nobleza y señorío. Nuestro abuelo, Miguel Francisco de la Espriella Godín. Empezó a ejercer en 1925 —ya 100 años, Universidad de Cartagena- y durante las tres primeras décadas de su ejercicio no existía hospital en Sahagún; este era una aldea de 3000 habitantes, la expectativa de vida de sus vecinos alcanzaba los treinta años. Era el médico que todas las tardes saludaba de casa en casa a sus pacientes. Más que curar, visitaba a los enfermos para acompañar a los familiares y llevar consuelo en la desgracia de enfermedades incurables. Hablar del caballero y su pulcritud, la etiqueta en su comportamiento; del hombre y sus debilidades. Como Juvenal Urbino, con su cochero cómplice, quien estacionaba el carruaje distraído mientras el galeno corría para apaciguar la fogosa pasión por la mestiza. A la hora del almuerzo familiar hablamos de sus gustos: el dulce que con guayabas seleccionadas y preparado con cariño. El champagne y los cubitos de azúcar traídos de Panamá. De su devoción por los gallos finos, donde la casta y la valentía eran análogos de su apellido… del azar y la ruleta, aquella bolita de marfil caprichosa que antes de comer les mostraba a sus nietos. Qué decir el político impoluto, firme en sus convicciones, desafiante con la naturaleza: En fin, del hombre bueno y sus diversas facetas. Finalizo esta oración con esta metáfora escrita por Homero en la Ilíada sobre el viaje de retorno de Ulises a Ítaca. Fue una larga travesía de 10 años para llegar a su casa. Vivir se compara con este largo viaje de Ulises, lleno de problemas, triunfos, derrotas, infortunios. Es la aspiración de todo ser humano: regresar a casa. Hoy, al igual que ustedes, me he reencontrado con mis recuerdos. La casa Espriella, al igual que Ulises cuando llegó a su hogar, le permite descubrir el tesoro más grande que anhela un ser humano: su paz interior. Esta solo es posible cuando se mantiene encendido el afecto y gratitud a los abuelos y el cariño perdurable de la llama de la consanguinidad que une a su descendencia.