Cargando indicadores...
Córdoba Logo
Imagen del artículo
Opinión

Mentiras virales, consecuencias reales

Glenda K. Fuentes
Glenda K. Fuentes
Columnista
15 de marzo de 2025

Las redes sociales redefinen la reputación profesional. El auge de "expertos" sin credenciales genera riesgos en salud, educación y bienestar. Urge supervisión y rigor ante la desinformación viral.

Por Glenda K. Fuentes Las redes sociales han transformado la manera en que se construye la reputación profesional. Lo que antes se basaba en credenciales, trayectoria y experiencia comprobable, hoy puede depender más de la imagen proyectada en el mundo digital. Un perfil atractivo, publicaciones persuasivas y una comunidad de seguidores leales pueden generar la impresión de autoridad en cualquier campo, incluso en aquellos donde la formación académica y la especialización son esenciales. Es común ver personas ofreciendo asesorías nutricionales sin formación, donde basta con mostrar fotos de un "antes y después" para ganar credibilidad. También encontramos a quienes promueven la crianza respetuosa sin estudios en psicología o pedagogía. Del mismo modo, abundan los cursos de autoayuda impartidos por individuos sin respaldo en ciencias del comportamiento. Aún más preocupante, hay quienes logran obtener espacios en medios de comunicación y programas de formación únicamente por su popularidad en redes, sin acreditar trayectoria ni conocimientos profundos en los temas que abordan. El acceso masivo a la información en internet ha sido una herramienta importantísima, pero también ha abierto la puerta a la desinformación. La facilidad con la que cualquier persona puede generar contenido y posicionarse como "experta" en un área, sin el debido respaldo académico o profesional, plantea serios riesgos, especialmente en temas relacionados con la salud, la educación y el bienestar emocional. Ante este fenómeno, cabe preguntarse: ¿Dónde están las entidades encargadas de supervisar lo que se promueve y comercializa en redes? Si bien existen normativas para proteger a los consumidores de la publicidad engañosa, estas parecen no aplicarse con la misma rigurosidad en el entorno digital. Por ejemplo, la Superintendencia de Salud debería intervenir en casos donde individuos sin estudios universitarios se presentan como médicos o terapeutas, ofreciendo diagnósticos, pautas o asesorías. Sin embargo, la falta de supervisión en redes sociales ha permitido que muchas personas comercialicen servicios y cursos de formación en áreas altamente sensibles sin contar con un título o certificación formal. En estos casos, las sanciones deberían ser severas, ya que la responsabilidad y la ética profesional no pueden ser opcionales, especialmente cuando el bienestar y la seguridad están en juego. Un discurso bien preparado y una edición atractiva pueden hacer que cualquier contenido parezca verídico, pero eso no lo convierte en una fuente confiable de información. Es importante recordar que la percepción no siempre refleja la realidad. No basta con que una persona tenga miles de seguidores o reciba cientos de comentarios positivos para ser confiable en una actualidad donde el contenido viral puede parecer más legítimo que un artículo académico. La credibilidad no se mide en likes ni en seguidores, sino en la calidad y el rigor del conocimiento transmitido. En un mundo donde la imagen se ha convertido en poder, recordemos que el verdadero conocimiento sigue siendo irremplazable.