
Mentiras que destruyen

Juan Pablo II instó a los laicos a ser centinelas del Evangelio. Hoy, la humanidad se aleja de la fe, dominada por ideologías que socavan valores y la familia, promoviendo el caos.
Por Selma Samur de Heenan Juan Pablo II durante su pontificado nos advertía sobre la urgencia que tenemos los laicos de constituirnos en centinelas del Evangelio, porque la humanidad tiene una imperiosa necesidad de testimonios coherentes, de auténticos seguidores de Cristo. De esos que se atreven a caminar contra la corriente del mundo, para proclamar con valor y firmeza las verdades de fe, mostrando que Jesús es Señor y Salvador. En estos tiempos, la naturaleza humana ha dejado de regirse por la razón, la ley natural o la ley divina. El hombre moderno se está sujetando a ideologías dirigidas por el poder económico mundial. Sus decisiones personales y legales se han alejado de la sabiduría eterna, y están inspiradas por fuera de todo principio moral o ético. Gran parte del caos en el que nos sumergimos, día a día, proviene de las fuerzas que ostentan las maquinarias políticas, que en vez de propender por el orden armónico y salvaguardar las tradiciones honorables de los pueblos, están conspirando para erradicar todas las categorías morales y virtudes ancestrales que las sociedades que pretenden ser civilizadas, transmiten de una generación a otra. Con otros tipos de uniones, pretenden acabar con la institución de la familia formada por hombre y mujer, cuya función primordial es la procreación y la búsqueda de la santidad de la vida. Lo hacen promoviendo el libertinaje, la ideología de género, la deconstrucción del lenguaje, el feminismo, la nueva era, presionando para la legalización del aborto y la eutanasia, ambos pecados fruto de la arrogancia del hombre que usurpando a Dios, quiere determinar quién vive o muere. La actual visión del mundo, no reconoce que ponemos a un lado la voluntad de Dios, para ubicar en su lugar al querer caprichoso de personas que tergiversan o rechazan las enseñanzas de la Sagrada Escritura, fomentando conductas aberrantes como si fueran correctas. Es el caso de la sexualidad en todos los ámbitos, incluso el infantil. Meditemos en todas las mentiras que venimos escuchando, y que hemos ido normalizando. Esos engaños nos han adormecido y tienen como fin el condicionar nuestros principios para imponernos innovaciones por fuera del orden natural y moral de la vida. No traguemos entero, desconfiemos de aquello que nos venden tan bonito, envuelto con variedad de colores tipo arcoiris, pero que es una de las causas de la destrucción del hombre individualmente considerado, de la familia y de toda la sociedad. Yahvé, libra mi alma del labio engañoso, de la lengua astuta. Salmo 120, 2.