
Mementos

Alejandro Obregón y Gabriel García Márquez protagonizaron encuentros memorables, marcados por el reconocimiento y anécdotas. Un relato que explora coincidencias y figuras icónicas.
Por Andrés Ramos El barranquillero Alejandro Obregón, uno de los artistas más importantes del siglo XX latinoamericano, trató también de hacerla, cuando se encontró con Picasso. El maestro del cubismo, al escuchar el nombre, exclamó "¡Obregón, que buen nombre para un pintor!". El otro caso parecido, fue el de GGM, al coincidir con Ernest Hemingway, en el boulevard Saint Michel, este desde la otra acera, ¡alzó el brazo y le dijo "¡adiós, amigo!" No quedan registros, confiemos que fue así. Para esa época, nada de Facebook, Instagram, pero la palabra valía. Venciendo mi repugnancia, cada uno la narra a su manera, y le va agregando cosas. Fíjense, el caso nuestro con GGM: El tío Alberto, se vino en su escarabajo convertible desde Bogotá a Montería y luego nos convidó con su familia para Cartagena. Por los lados de Gambote, se estalla el panorámico, año de 1995. Llegamos con los pelos de punta, literal. Afortunadamente, al día siguiente partimos para las islas del Rosario, a la bellísima casa de un amigo suyo. El tema fue al regreso. Tocaba ponerle un plástico, que solo se conseguía en El Universal. No me expliquen cómo, pero llegamos a la puerta del periódico, y el portero, no fregó. Nos bajamos del carro él y yo, a buscar al recomendado. En esos pasillos recovecos, apareció un señor, que andaba como perdido también. Se nos acercó y nos preguntó "¿saben dónde queda el auditorio?". Era el tipo. Iba a dictar uno de esos talleres de periodismo. Nos echamos a reír. Tom Abello, después le mandó un ejemplar prestado de "El amor en los tiempos del Colera", con un mensaje mío a puño y letra, donde le pedía el inmarcesible favor de autografiármelo. Esa cartita, está en los archivos disponibles en el Harry Ransom Center. Curioso, por esa época, su hermana Ligia, que hablaba hasta por los codos, y que había estudiado interna en la sagrada familia en Montería, me comentaba que Gabito todo lo guardaba, hasta las cajetillas de fósforos. Bergoglio fue otro. Vivía en Buenos Aires para esa época y uno se lo encontraba en el metro. Un día, llegó a la UCA, a dictar una conferencia en contra del aborto. Después celebró misa y se quedó para confesar. Aproveché e hice lo propio. Desde ese día no me confieso. A quien le perdona el papa los pecados ya queda con licencia. Con quien quizás me hubiera querido encontrar y no fue posible, el listado es largo, comienzo con Sinatra, Álvaro Gómez…